A veces he pensado que morir es como ir a dormirse borracho. Al final todo confuso, como si ni siquiera estuvieras ya ahí, cierras los ojos y te sumerges en el sopor eterno.
A veces he pensado que morir es como ir a dormirse borracho. Al final todo confuso, como si ni siquiera estuvieras ya ahí, cierras los ojos y te sumerges en el sopor eterno.
Ya se ha hecho una constante, cada que cambia el clima, me enfermo. Ahora mismo deseaba estar escribiendo el artículo aquel, el cual me revelaría a la comunidad literaria como el nuevo valor agregado y sin embargo aquí estoy, escribiendo de dolores y mucosidades. Que injusticia.
Además me he dado cuenta que en este Blog se ha ido diluyendo la parte culinaria, que era uno de los puntos centrales, y una de mis actividades de ocio y esparcimiento favoritas: comer y beber. Pero por ahora no me siento de modo para escribir nada más.
¿Cómo se relacionan los conejos, los pollos y los huevos coloridos con la pasión de Cristo? No lo sé a ciencia cierta, pero estoy seguro que en alguna parte de su historia en Estados Unidos, algunas costumbres paganas se integraron y al final, como suele ocurrir en estos casos, tenemos las tiendas llenas de parafernalia que celebra al conejo de los huevos, encargado de la pascua.
Las vacaciones de Semana Santa han terminado, los días son concedidos a los mexicanos como festivos puesto que la mayoría de la población del país es católica. La Semana Mayor, como la conocemos también sirve para conmemorar la crucifixión y la resurrección de Jesus de Nazareno, el Cristo. Es en esta semana donde la fe se renueva, se reafirman los dogmas y hacemos un ejercicio de meditación y contemplación. Yo, siendo menos religioso, aprovecho estos días para pensar en todo tipo de cosas. Han muerto seres con los que compartí tiempos importantes de mi vida. Mi corazón les mantendrá a mi lado hasta que se llegue el momento en que nos reunamos en algún lado, ya sea en el cielo y la gloria eterna de Dios, o en el cúmulo de materia y energía que forma lo que percibimos como universo. Donde sea.
Pero además de las desafortunadas pérdidas personales, el desconsuelo se filtra muy lentamente, amenazando con quebrantar el espíritu, permeando las estructuras de la tranquilidad. Basta con ver las noticias, en cualquier canal, en cualquier idioma, para darse cuenta de lo mal que está el mundo. De lo mal que estamos los seres humanos. De lo incierto que es nuestro futuro. ¿Cuántos conejos con cestas de huevos multicolores de chocolate serán necesarios para mejorar esto?
Anoche soñé con tiburones. Creo que alguna vez comenté que la mayoría de mis sueños son muy vívidos, muy intensos, demasiado cinematográficos, con todo exagerado. Anoche no fue la excepción y tuve una pesadilla extraña. Me encontraba yo en el puerto de San Diego, con un grupo de personas, cuando nos avisan que podemos abordar al crucero, era por la tarde y sentía la brisa marina muy fría. Por alguna razón, todos traíamos puestos los chalecos salvavidas, sencillos, de color anaranjado brillante con correas de nylon negras. Nada fuera de lo común. Andábamos caminando todos de un lado a otro por la cubierta blanca del pequeño crucero, más bien parecido a un yate muy grande. La tierra firme desapareció de nuestra vista muy rápido y meseros vestidos con pequeños saquitos blancos y moños negros se encargaban de llenar las alargadas copas de champaña y reabastecer las mesas de bocadillos diversos. La iluminación era perfecta y todo discurría de manera agradable. Mi compañía y yo estábamos en la proa del barco, muy a la Titanic, y comentábamos sobre los tonos tan diferentes que tenía el mar y como empezaba a picarse un poco, lo cual se sentía en la manera en la que la embarcación se movía de un lado a otro haciéndonos balancear cada vez más.
Después de un rato y de imágenes extrañas, el sol estaba ya en su camino a ponerse pero el cielo estaba todavía muy iluminado, todos vimos como entre las aguas aparecían las aletas de grandes tiburones blancos. Muy grandes, la tierra firme se veía muy lejos en la distancia, todos estábamos en un estado de nerviosismo controlado. Repentinamente un tiburón saltó, como si fuera un delfín, y me tumbó al agua. Estuve flotando un momento agitando mis brazos intentando dirigirme de nuevo al barco, ya que por el chaleco permanecía perfectamente a flote, pero el miedo me impedía moverme de manera adecuada. Miraba que más y más aletas dorsales de tiburones me rodeaban y luego desparecían para después reaparecer por otro lado. No sabía para donde voltear ni si debía o no gritar. Sentí un fuerte agarrón en el pie hasta la altura del tobillo y luego el agua me tapó la cabeza. Miraba al mismo tiempo hacía el fondo donde uno de los tiburones tiraba con fuerza de mi pie entre sus mandíbulas y me arrastraba a un fondo oscuro. Por otra parte, miraba hacia arriba y podía ver los rostros distorsionados de las personas en la embarcación intento ver hacía donde me hundía, estresados y confundidos. El tiburón seguía arrastrándome y no había nada que yo pudiera hacer para escapar. No importaba que tan fuerte intentara nadar hacia la superficie. El animal era mucho más fuerte que yo. Miré una última vez el barco que ahora estaba muy lejos de mí y la oscuridad del agua de mar tan profunda, donde la luz ya no llega, me cubrió por completo. Fue entonces cuando desperté sobresaltado y con el corazón acelerado.
Dentro de las múltiples categorías en las cuales puede encajar este espacio, en la cual va algo lento por cierto, es en la de ser un espacio para mis delirios gastronómicos. Un lugar de reflexión abierta donde expongo las cosas que me gustan del delicioso arte (y a estas fechas y situaciones, privilegio) del buen comer y el buen beber. Porque habrá quien de manera ranchera diga que "para morir, nacimos", pero el tiempo entre dichos eventos lo pasamos más bien comiendo. Por habrá personas que digan que no aman, pero todos comemos algo.
Yo veo en el cocinar para alguien una muestra de mi afecto. Pienso que podría escribir miles de palabras intentando describir mis complejos sentimientos o apreciaciones por alguien, pero me gusta más poner unos minutos de mi vida en un plato y al servirlo, viendo los rostros (casi siempre) gustosos sentir que he dedicado un pedacito de mi existencia a hacerlos sentir bien. Que pudiendo ordenar pizza o comida china decidí consentirles. Porque les quiero. Además que coincido con un artículo que leí hace poco donde se dice que muy dentro del corazón de cualquier cocinero hay un showman queriendo salir a la superficie. Los que me conocen estarán totalmente de acuerdo.
Hace tanto tiempo que no le veo, que la claridad de su rostro empieza a desaparecer de mis recuerdos. Nunca pensé que llegaría el día en que no mencionara su nombre al menos una vez en voz alta o en mi pensamiento. No creí que podría ver una fotografía de nuestros tiempos felices sin sentir el nudo en la garganta y las ganas de llorar reprimidas intentando a toda costa no sentir el efecto de su partida o su presencia impregnada en las paredes vacías de cada habitación de esta casa en la playa. Y ahora, cuando mi frente está tocando el cristal tibio de la ventana donde solíamos ver los atardeceres y nos dedicábamos sonrisas con caricias delicadas de afecto, no hay sentimientos de ningún tipo. No existe nada en el corazón pues todo sentimiento fue arrastrado por el caudaloso cauce de mis lágrimas sin final, que sólo desaparecían al ser evaporadas por la nostalgia y el calor de mi piel solitaria.
En el vaho que exhalo en el cristal, dibujo con mis dedos la figura de una ballena saltando la luna y las estrellas. Solíamos charlar por horas de cualquier cosa. Me maravillaban sus elocuentes historias acerca de seres maravillosos de los cuales escribiría. En sus manos parlanchinas, los mundos que imaginaba cobraban vida para mí, y las vívidas descripciones se imprimían en mi mente como fotografías. Ahora ya no las recuerdo bien. Ya casi no recuerdo nada, todos estos años sin sentir mermaron mi memoria, no quiero ya saber que vendrá. No quiero imaginar que será de mí a mi edad. Ahora me conformo con el día a día y trato de encontrar algo de sentido a los retazos de existencia que me queda pintando mis emociones. Quisiera ser como la ballena que escapa al cielo y descansar de una vez ya. Noventa años son muchos y se sienten más cuando lo único que hay en tu vida es silencio.
El alboroto y el sonido de las risas de júbilo llenaban el ambiente del lugar aquella mañana con brisa fresca pero con el solecito que sabe como quemar la piel si se queda uno mucho tiempo bajo su luz. Los niños y los padres caminaban de un lado a otro por los pasillos rodeados de multicolores atracciones. El hombre que vendía los globos caminaba lenta y pesadamente, abriéndose paso entre la multitud, ofreciendo su mercancía al tiempo que soplaba por un silbato de bronce muy brillante, el cual mantenía así limpiándolo con un paño que pendía de su cintura. En la explanada central, donde estaban las áreas de descanso y los lugares, estratégicamente colocados, para comer, las bancas se encontraban repletas de señores y señoras pidiendo un poco de descanso a los pequeñines, que suplicaban no parar ni un segundo la diversión que el lugar ofrecía. A medida que el sol subía, los colores parecían tomar nuevos bríos y se tornaban aun más brillantes.
Entre las personas sentadas en aquellas bancas se encontraba Alexei Ryazanov, el color rubio de su cabello, la piel de un blanco lechoso y los ojos de color azul celeste le delataban como extranjero. Sin embargo, entre el ir y venir de los niños, los gritos de llamado de los padres, el ruido de las bolsas de frituras abriéndose y la música de fondo, nadie parecía notar que estuviera ahí sentado. Con un sándwich en la mano derecha, todavía envuelto en la cubierta de plástico sellada con una vistosa etiqueta con el rostro de la mascota favorita del parque de diversiones en el que se encontraba. En la otra mano, sostenía el jugo de naranja que probó y no le había gustado. Sereno, resguardándose de los rayos del sol bajo la sombra de un árbol, observaba todo cuanto pasaba delante de él. Miraba a la señora obesa que paseaba con los dos perritos chihuahuas, al señor calvo que traía la etiqueta de su camiseta polo de fuera y como su esposa le perseguía tratando de acomodarla, a los jóvenes que parecían recién casados pero tenían tres hijos y la esposa estaba de nuevo en cinta. Los ojos de Alexei miraban todo. Sus manos no soltaban ni la botella ni el sándwich. Aspiró profundamente y el olor de los pinos y los sauces le llenaron los pulmones. Se sintió tranquilo, dio un trago al jugo de naranja y el amargo sabor le recordó porque no lo quería tomar. Pensó que le hacía falta unas cuantas onzas de vodka para poder hacerlo pasable y aun así, preferiría tomar el vodka solo para no tener que arruinarlo con el mal sabor del jugo amargo.
Llevaba el ruso apenas unos días de haber llegado a la ciudad. Sentado en esa banca empezaba ya a arrepentirse de la decisión de visitar el parque. Pensó que encontraría algo más típico, un despliegue de las tradiciones, de los usos y las costumbres del país. Pero desilusionado solo miraba lo mismo que en todos los parques que toda su vida había visitado. La mercadotecnia que intentaba arrancar el dinero del bolsillo de los padres vendiendo fantasías a sus hijos. Se decía que ese es el lado oscuro del capitalismo, y luego se perdió el hilo de su pensamiento en historias de revolución rusa y héroes vestidos de gris en los campos cubiertos de nieve de su lejana tundra. Cerró los ojos y pensó en lo que dejó allá. Extrañaba más que nada a la gente, pero no sólo a su familia. Extrañaba sentirse parte de algo, saberse componente útil de un sistema que mueve las cosas. Aquí y ahora, no era nadie, no era nada. No había ojos que le dedicaran las miradas de admiración que recibía cuando entraba en los gimnasios, en las salas de entrenamiento. No, estos niños no conocían su rostro y no deseaban ser como él. Si tan sólo supieran de sus victorias. La mano con la botella se elevó de nuevo, y dio un trago más grande. Lo pasó esta vez sin quejarse. Puso la botella a su lado y abrió el sándwich. Las tres palomas que buscaban comida se le acercaron en busca de algo y Alexei les recompensó con unos pedazos de pan. Dio otra mordida al bocadillo y luego otra más. En realidad lo estaba disfrutando. Mientras miraba a las palomas, sus ojos volvieron a divagar. Esta vez vieron algo que llamó su atención: Una joven veinteañera sentada leyendo a dos bancas. Parecía estar cuidando los bolsos de alguien más, por lo que una mano reposaba en las pertenencias y otra sostenía el libro. Al levantar la mano para dar vuelta a la hoja, la mirada de ella se cruzo con la de él. Retiró la mirada rápidamente y al voltear de nuevo al libro una sonrisa se dibujo en su boca. El ruso se limpió los labios con una servilleta y se paró de la banca. Preparó su mejor sonrisa y se dirigió hacia ella. No todo sería un amargo jugo de naranja este día.