lunes, 14 de marzo de 2011

En una ola

Hay días, cuando viajo por la costa que le veo. Siempre en constante movimiento pero tan inmenso que parece no moverse nunca. A mí no me gusta meterme a nadar al mar. No soy un buen nadador, no lo he sido y parece ser que no lo seré. En los pocos días de sol al año que tenemos en estas tierras, cuando vamos a la playa, soy de los últimos en meterse y el primero en salir. Me gusta la tierra, tener los pies bien firmes en algo y saber con total certeza que es aquello que piso. Prefiero las piscinas, son menos traicioneras y el agua, aunque con cloro, me permite más o menos ver mucho más allá de lo que puedo hacerlo en mar abierto. Además tiene límites bien definidos y puedo ponerme las aletas, el visor y el snorquel y con los ojos cerrados avanzar lentamente, como si volara, amortiguando los sonidos externos a mí bajo el fluido ambiente y sin miedo de perderme en las profundidades. Sé que mi cabeza o mis manos tocarán, tarde o temprano, una pared pintada de azul celeste o de azulejos esmaltados de colores brillantes.

Con el mar es diferente. No tiene límites, no conozco a nadie que haya pisado lo más hondo del mar. Sé muy bien que hay instrumentos que nos permiten hacer mediciones precisas de todo esto, pero estoy seguro que hay lugares a donde no hemos ido, donde no hemos explorado, donde no hemos pisado. Nadie puede asegurar, hoy, que llegamos al más profundo límite. Y además es tan oscuro en el fondo. Es como si una gran bestia te tragara vivo y no te dieras cuenta que lo que tomas como un paseo es todo un proceso digestivo. El mar me impone, es impetuoso e impredecible. El respeto que nace dentro de mi me obliga a clavar mis pies en la tierra. Soy tan pequeño a su lado, soy nada.

Veo en las noticias de este fin de semana la tragedia al otro lado del mundo. Me horroriza pensarme en esa situación, es como si una de las peores pesadillas mías se materializara de pronto. Somos tan pequeños, somos tan efímeros. Veo en las imágenes de la televisión a la gente desaparecer bajo las olas del mar y me nace un nudo en la garganta. Tantas vidas se apagaron ahogadas en las saladas burbujas azules que es imposible no revalorar la existencia. ¿De qué sirve la casa, el auto, los ahorros de toda una vida cuando uno ya no está? Cuando a quienes amabas han muerto.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Bajo la ciudad

El repugnante olor era cada vez más insoportable ahí abajo, la penumbra que inundaba el lugar ocultaba a la simple vista lo que lo provocaba y eso solamente lo hacía peor al no saber con certeza que es lo que pisaba a cada paso que daba. En un momento, cuando se permitió bajar su nivel de alerta, su pie pisó algo que le hizo tambalearse. El ladrón apretó junto a su pecho con el brazo izquierda su preciada posesión mientras con la derecha, a tientas, trataba de apoyarse en la pared del túnel para no perder el equilibrio y caer a las nefastas aguas que inundaban el suelo del alcantarillado. A pesar de sus intentos no tuvo nada lo suficientemente cerca para afianzarse, fue sólo el reflejo de poner un pie más atrás el que le libró de la desagradable experiencia de empaparse en los líquidos oscuros y espesos de olor nauseabundo.

Estuvo inmóvil unos instantes, casi evitando respirar, con cuidado, fue recuperando la postura y se decidió a avanzar dejando tras de sí la luz que se colaba por la alcantarilla mal tapada de la calle en la superficie. Los rayos naranjas del mercurial podían ser pasados por la cálida luz divina del sol que irrumpía la azulosa oscuridad de las cloacas citadinas, desvaneciéndose antes de tocar el suelo, muriendo en la más pura manera, sin manchar su esencia con el sucio roce del suelo yaciente bajo sus vestiduras luminosas. Mismas que ocasionaban la huída del ladronzuelo de poca monta, que en esta noche la vida y el destino le habían puesto en el lugar adecuado en el momento preciso, y pudo hacerse del gran botín encerrado en un pañuelo viejo que su brazo intentaba incrustar en su pecho para no perderle. La oscuridad, que sus ojos intentaban desentrañar, sólo era el gran telón que le separaba del brillante futuro lleno de placeres mundanos que su mente imaginaba, todo lo que le había sido negado en la vida sería suyo finalmente. Sus oscuros deseos tanto como sus ingenuas aspiraciones danzaban ante sus ojos, y eran tan fuertes que ni el olor o la oscuridad le hacían retroceder un solo milímetro. Paso a paso, despacio para no caer, se internaba en el túnel, relajándose cada vez más a medida que el hedor y la oscuridad le envolvían. Tuvo entonces el valor de voltear la cabeza para cerciorarse que nadie le seguía. La alcantarilla quedaba ya demasiado lejos y la luz filtrada no era más ya que una estrella solitaria, distante en el cielo nocturno de los confines delimitados por los ladrillos viejos con musgo de aquel lugar.

Pensaba en salir por otra alcantarilla unas cuantas calles al sur. El rudimentario plan que hacía a medida que caminaba le parecía perfecto. Saldría por el lado sur de la ciudad, cerca del muelle, una vez ahí, podría enjuagarse en el agua de mar toda la porquería que se le iba pegando en las cloacas. Caminaría por los callejones menos peligrosos hasta llegar a su casucha, hacia el este. Ahí separaría el botín en partes pequeñas para irlas acomodando sólo en las casa de empeño donde sabía no le pedirían ningún tipo de referencia o comprobantes de propiedad. Las cosas más caras las vendería en el mercado negro. Todo sería cuestión de un par de semanas, cinco en el peor de los casos, pensaba que sería mejor guardar las apariencias y no hacer despliegue de su nueva fortuna adoptando los excéntricos gustos de los nuevos ricos. No, él era más inteligente que ellos. Seguiría vistiéndose modestamente durante este tiempo, tal vez unos meses más en lo que las aguas se calman, después desaparecería de la ciudad para no volver jamás. Iría a las costas del este, donde siempre quiso vivir, pero que sólo conocía cuando miraba televisión en la cafetería o cuando hojeaba alguna revista tirada en la calle. Se decía a si mismo que eran las ciudades donde la gente sí sabe vivir bien, que era lo menos que él merecía después de toda una vida llena de miseria y hambre.

Ahora sus dos brazos sujetaban el paquete, por nada del mundo pensaba soltar lo que representaba la vida que siempre deseó, de la cual nunca se vio tan cerca como hasta ahora. Su felicidad no hacía más que aumentar al sentir dentro de sí que la salida de aquellos túneles se encontraba más cercana. Sus ojos se acostumbraban ya a la penumbra pero no podía distinguir con claridad formas precisas, escudriñaban el ambiente buscando una ínfima señal de luz como indicación de alguna alcantarilla, su gran telón. Pero no había nada que ver. Nada que denotará la presencia de la deseada salida al exterior, al aire limpio y fresco que suele haber en las ciudades costeras. Se convenció que sólo necesitaba unos instantes más y que pronto le vería iluminando el camino. Después de todo ya llevaba varios minutos caminando. Sin embargo, los instantes se convirtieron en minutos que se sentían como horas, era difícil decirlo, no tenía ninguna referencia que le indicara el tiempo que había pasado exactamente bajo tierra. Aunque estaba rodeado de agua, la sed secaba su garganta. La respiración se le hacía difícil, el pesado aire le provocaba nauseas en cada aspiración. Los pies estaban empapados, el cuero de sus zapatos empezaba ya a tallar de manera incomoda sus tobillos. Únicamente escuchaba el agua que movía al recorrer el túnel cuando sus pies se ponían uno delante de otro, se hacía más evidente el esfuerzo que necesitaría para poder salir de ahí. Sus pensamientos divagaban ahora de un lugar a otro, de su futuro a su realidad sombría. Fue entonces cuando escuchó el sonido de metal, parecía lejano y parecía de la calle, pero si lo pudo escuchar significaba que tendría que esforzarse sólo un poco más y llegaría. La emoción le hizo acelerar el paso lento, precavido, a un ligero trote. Si el lugar hubiera estado iluminado se habría dado cuenta que se encontraba frente a una bifurcación. Y que tomó la ruta del drenaje profundo.

No escuchaba más el sonido pero mantuvo el trote, aceleró un poco, sintiéndose confiado en que la salida estaba más adelante. Habrían pasado unos segundos cuando uno de sus pies se hundió de manera repentina en el suelo, en una especie de registro de agua destapado, esto ocasionó una estrepitosa caída que terminó en el gran remojón que tanto había temido. El reflejo natural fue tratar de levantar la cabeza y detenerse con un a mano para no soltar el paquete, pero fue inútil, con el ambiente tan oscuro no podía medir distancias de ninguna manera y termino de bruces en el agua soltando el adorado bulto. Se puso a gatas, y asustado tanteo el piso buscando el envoltorio que se había escapado, y la tristeza gris e inevitable le invadió cuando pudo sólo sentir el pañuelo que envolvía las piezas de joyería fina que había robado. Siguió tocando el suelo, y el asco provocado por los desconocidos desechos no le detenían, pudo recuperar algo que bien podía ser o un anillo o una arracada. No estaba tan seguro, pero lo deslizó en uno de sus dedos para no perderle. Sus sueños se fueron, literalmente, por una coladera. Derrotado, se puso de pie. No quedaba más ya que intentar salir de ese lugar, con casi nada en las manos. Empapado y sucio, se sacudió un poco de mala gana los excesos de agua en sus ropas. Se dispuso a andar en medio de la oscuridad cuando su cabeza y luego su cuerpo chocaron contra algo muy firme que le impedía el paso. Extendió sus manos para reconocer que era aquello y su corazón se heló cuando sintió entre sus dedos el resoplido violento de algo que se sentía como un rostro.

Los días pasaron, y la policía dio por cerrado el caso, pues no se había encontrado ni al ladronzuelo ni el botín. Ninguno de los posibles compradores tenía nada parecido a lo que el reporte de robo describía y no hubo ninguna persona que reclamara la desaparición del delincuente. Mientras esto sucedía en el centro de la ciudad, en otra parte, en un desagüe que desembocaba en el río, arrastrado por la corriente tranquila del drenaje que brotaba de la oscuridad, un pedazo de dedo cercenado con un anillo de diamantes ensangrentado flotaba hacia la luz del día.

 

lunes, 7 de marzo de 2011

Cosas de Familia

Habiendo quedado de lado el enorme escritorio azul, el que estaba junto al ventanal francés que da justo a la parte trasera del jardín principal, el tapete persa con sus flores y diseños rebuscados adornado por flecos marrones , naranjas y grises, que servía de protección para evitar las ralladuras de las patas pesadas en la madera del piso, fue poco obstáculo, y para los nerviosos ojos que se encontraban una y otra vez a lo largo de toda esta peligrosa operación fue la señal que anunciaba estaban muy cerca de obtener el tesoro. Lizbeth, siendo la más robusta de las dos, tiró firmemente de una esquina del tapete, apretujándolo con sus manos lo sintió más pesado de lo que había imaginado. Karina la observaba arrodillada enfrente, su rostro denotaba la energía y la gracia de los veinte años que tenía, con ojos vivarachos, observaba el tapete y a Lizbeth de manera alterna, sus gestos le daban un aspecto de menor edad.

Con un fuerte resoplido, y medio grito ahogado, Lizbeth dio el último tirón, se escucho el sonido de alguna tela desgarrándose y el tapete cedió finalmente, dejando ver los pequeños clavos con los cuales estaba sujeto al suelo, motivo de aquel esfuerzo adicional por parte de la chica regordeta. Karina inclinó el cuerpo frágil hacia adelante, agachando la cabeza un poco para ver con mayor claridad lo que el tapete ocultaba. Lizbeth se incorporó para tomar la misma postura de Karina. Movieron ambas lo que quedaba el tapete descubriendo, para su desconcierto, una pequeña puerta del tamaño de una caja de galletas. La puerta tenía una inscripción muy pequeña en una de las esquinas, una inspección minuciosa reveló que era el nombre del fabricante solamente. Justo al centro, adornada con motivos florales tallados en metal, algo opaco, una pequeña manivela, a manera de chapa, dominaba la poco ocupada superficie de la puertecilla.

Sus miradas volvieron a coincidir y en sus rostros los labios dibujaban ya enormes sonrisas. No emitían sonido alguno y finas gotas de sudor aparecieron en Lizbeth, culpa del esfuerzo y el peso adicional de su cuerpo. Después de observar aquella chapita durante unos segundos que se les antojaron eternos decidieron abrirla, un acuerdo silencioso entre ellas dio a Lizbeth, la más arrojada, este privilegio. Finalmente lo que importaba era el valioso botín que la puerta resguardaba en aquella disimulada caja fuerte.

La mano rolliza giró lentamente la cerradura. Fue una agradable sorpresa el no encontrarla cerrada con seguro. Esto debió ser la primer señal que las cosas estaban siendo demasiado fáciles, pero la euforia del momento ocultó este detalle. Jaló la puerta hasta dejarla totalmente abierta, dentro, lo único que había era una bolsa de cuero negra, la cual se miraba vieja por tantas cuarteaduras en su superficie. Karina no perdió tiempo y sus manecitas la tomaron rápidamente. La abrió y su sonrisa en el rostro desapareció. Lizbeth la miró extrañada y sólo reaccionó cuando Karina le extendió la mano para pasarle la pequeña tarjeta de color marfil que decía:

"Gracias por matar al Tío Alberto y sin darse cuenta, decirme donde estaban las joyas. Hasta nunca. Leopoldo."

viernes, 4 de marzo de 2011

Encarcelado

Acabo de ver el documental "Presunto culpable" en el cine y la encontré atemorizante. No es una película de horror y me hizo sentir temor. Expone de manera muy simple el caso de un tal Toño, una persona acusada injustificadamente por un asesinato que él no cometió, él es el presunto culpable. Es una persona inocente metida en lo más profundo de la cárcel, condenado a pasar un poco más de veinte años de encierro sin motivo real alguno. De no ser porque las coincidencias de la vida y un gran golpe de suerte le pusieron en el mismo camino de una pareja de abogados que hacían su doctorado, su historia hubiera sido más bien de encierro y olvido. Ellos, junto a un abogado penalista, descubren una serie de irregularidades que les consiguen anular el primer juicio y abrir uno nuevo y "fresco", las comillas son porque es el mismo juez el que se encarga del caso nuevamente.

Por fortuna para el joven, el caso termina a su favor después de un dramático desenvolvimiento. El mérito que tiene el documental es mostrarnos como todos estamos expuestos a los atropellos por parte del sistema de justicia. Esa es la verdadera historia de horror: El expediente de nuestro caso sepultado bajo miles de expedientes más, recibiendo la atención únicamente del polvo que cae y que una corriente de aire mueve de cuando en cuando.

Me he preguntado en un par de ocasiones que sería de mí si fuera yo a dar en la cárcel por algo, pero prefiero evadir ese tipo de cuestionamientos internos. No encuentro fructífero angustiarse por cosas que no son. Y espero fervientemente, que no sean jamás.

sábado, 26 de febrero de 2011

Lloviendo

¿Qué hay con el agua que cae del cielo en forma de lluvia que nos afecta tanto? ¿Son los inconvenientes que ocasiona? ¿El tráfico? ¿Las incomodidades que implica el mojarse cuando no está planeado? ¿El caer en el bache de la calle oculto por los charcos y esa sensación de furia e impotencia al no poder hacer nada para evitar caer en el siguiente? ¿Todas las anteriores? De cualquier forma y cualquiera que sea la respuesta, la lluvia trae lo bueno y lo malo a nuestras vidas. Trae consigo cambio. Renovación. Decimos que después de la tempestad viene la calma para referirnos a esos periodos de paz y reconciliación que vienen detrás de los grandes conflictos.

De importancia vital para nosotros, pues es la húmeda gota del cielo la que da de beber a los sembradíos que sedientos aguardan por ella y nos regalan con los frutos que nos alimentan. Nuestros antepasados aztecas construyeron templos dedicados a Tlaloc, el Dios del agua. Incluso nuevas investigaciones apuntan a que la pirámide del sol en Teotihuacan en realidad está construida en honor a Tlaloc, es decir, al agua como dadora de vida.

A mi la lluvia me gusta, me gusta estar así como ahora que estoy hecho un ovillo mientras escribo, cálidamente envuelto en una ligera frazada, escuchando el relajante ruido blanco que provocan las gotas al estrellarse con el suelo, solo para iniciar su cíclico andar en la preparación de lo que será su ascenso próximo a formar las nubes del cielo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cacería

Las huellas en la nieve repentinamente desaparecieron. Los cazadores 
desconcertados, con los rifles en mano, buscaban por todas partes 
inútilmente. No había señales que aquel animal desconocido se encontrara 
por ninguna parte cercana, era como si se hubiera esfumado; no le miraban 
por tierra, ni por aire, no había árboles cercanos ni rocas donde pudiera 
esconderse en un intento de perderlos. Sólo estaban ellos seis, el rastro 
de huellas cortado y el inmenso paraje abierto cubierto de nieve en los 
bosques de Canadá. 
Después de estar unos momentos sumidos en la confusión y el desconcierto. 
Bajaron sus armas y mientras unos las acomodaban bajos sus brazos y otros 
se acomodaban los anteojos protectores, realmente necesarios debido a lo 
intenso del brillo de la nieve, uno se alejo un poco del grupo; inclinó la 
cabeza, como queriendo no perder el débil rastro que apenas percibía. Se 
descubrió una oreja y ladeo todo el cuerpo, reclinándose en dirección de 
aquel llano blanquecino.
– Shhhh – Dijo – Bajen la voz, ¿Alcanzan a oír eso? 
Los otros cinco dejaron de ajustar sus accesorios para voltear hacia donde 
estaba el cazador, que ahora ya estaba hincado en una pierna en la nieve, 
preparando cuidadosamente su rifle. Guiados por la costumbre y el instinto 
los otros, sin percibir aun nada extraño, le imitaron y rápidamente ya 
estaban los seis en posición de ataque tirados en la nieve.
Fue cuando escucharon el bramido. El primero les tomó por sorpresa pues 
esperaban algo parecido a un murmullo. Sin embargo, un estrepitoso y 
grave resoplido le hizo vibrar el cuerpo entero. Pudieron sentirlo en sus 
pechos, como una potente bocina en un concierto de Rock pesado. Llevaban 
ya un par de horas persiguiendo el rastro de aquella criatura, y aunque al 
principio pensaban que se trataba de algún zorro o lobo, las huellas 
fueron modificándose y a la vez que se hacía más claras, también parecían 
deformarse hasta parecer solamente un trío de círculos bien definidos 
cada uno del tamaño de un plato de ensalada. Nada que en toda su vida y 
experimentada carrera de cazadores hubieran visto, ni uno sólo de ellos. 
El ruido del animal también les era desconocido, era como el rugido de un 
león y el grito de un ave. No podían imaginar el aspecto de la bestia que 
provocaba tal ruido y empezaban a sentir, dentro de sí, temor por lo 
desconocido y excitación por encontrar algo nuevo.
Los bramidos del animal cesaron. El silencio tomo el lugar entero y no se 
escuchaba absolutamente nada. Sin voltear a verse, los cazadores fueron 
levantándose lentamente del suelo, esperando ver algo al elevar el nivel 
de sus ojos, pero nada, no había nada ahí enfrente. Seguía la alfombra de 
nieve blanca cubriéndolo todo. Después de un par de minutos de permanecer 
quietos, a la expectativa. Decidió uno levantarse, inmediatamente le 
siguió un segundo y cuando cuatro estuvieron de pie, sucedió el primer 
encuentro. La nieve alrededor de ellos empezó a vibrar, como granos de 
arena en el cuero de un tambor, y a medida que vibraba se aglomeraba de 
manera amorfa. Más y más copos de nieve se aceleraban y llegaban a la 
peculiar reunión, esquivando a los cazadores y envolviéndolos en ocasiones 
como si de una tormenta de arena se tratase, pero con voluntad propia; 
todo mundo estaba quieto, volteando rápidamente de un lado a otro, 
mientras tanto la formación empezaba a tomar una figura cada vez más 
definida. Una crisálida en forma de haba gigante, con tentáculos 
envolviéndola se formó. Del color de la nieve que la formó, era como si 
hubieran hecho un gran y deforme hombre de nieve. No había sonidos 
saliendo de ella. Estaba ahí, simplemente formada, sin moverse, estática. 
Los cazadores vieron el sol de mediodía en el horizonte, y se sintieron 
aliviados porque la noche estaba muy lejana. Miraban incrédulos el capullo 
recién formado y se acercan para inspeccionarlo. Uno incluso se atrevió a 
tocarlo, y para su sorpresa lo encontró duro como hielo. Discutieron un 
momento sobre las posibilidades de lo que había ocurrido, pero no llegaban 
a ninguna conclusión satisfactoria, pensaban en las causas naturales que 
podría haber favorecido esta formación escarchada que se encontraba en 
medio de ellos. Nunca supieron cuando reinició la actividad, vieron el 
resplandor verde y naranja dentro de la crisálida escarchada y como esta 
comenzó a derretirse casi tan rápido como se formó. Y cuando la superficie 
se hizo delgada, vieron a través del hielo translucido tres ojos 
reptiloides que parpadearon rápidamente, y debajo de estos ojos, unas 
grandes fauces, que se entreabrieron para decir en perfecto inglés lo 
último que los cazadores escucharon: Comida.


miércoles, 16 de febrero de 2011

En el Estanque

 

Esa noche en particular el cielo estaba despejado, algo raro pues era temporada de lluvias y el aire soplaba ligero y húmedo, suficientemente fresco como para requerir portar una chaqueta como protección. A los grillos parecía no importarles tanto el clima, y animosamente entonaban sus llamados. Las hojas de los lirios cerca del estanque se frotaban entre si al inclinarse de un lado a otro, sus movimientos provocados por el aire dibujaban patrones que figuraban a un gigante caminando entre ellos, de anchos pies, que se abrían paso al avanzar. Entre este peculiar ensamble musical nocturno sobresalían los murmullos de los tres chicos sentados en un tronco cerca del agua, ubicado en un claro pequeño que hacía las veces de muelle para las improvisadas balsas de troncos en las que solían jugar imaginando que eran corsarios o bucaneros que gallardamente atravesaban el océano en busca de fortuna y aventuras en apartadas tierras exóticas.

Uno a un lado del otro, las tres pequeñas siluetas hablaban muy bajo, de manera pausada, casi sin voltearse a ver. Las voces eran difícilmente entendibles si no se estaba cerca. Uno de ellos frotó la piedra que sostenía en una de sus manos y de un movimiento ágil la lanzó al agua. – ¡Plop! – Hizo la piedra al hundirse sin rebotar en la superficie una sola vez.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? – Preguntó el más pequeño – Y su voz parecía cortada, reprimiendo el sentimiento y las ganas de llorar.

– No sé… Tengo que pensar ­– Respondió el que acababa de lanzar la piedra y que estaba sentado al otro extremo del tronco.

Los tres se quedaron callados. El más pequeño no pudo más contenerse y empezó a llorar muy quedito.

– Sea, lo que sea que vayamos a hacer o decir – Dijo el tercer niño– lo único seguro es que estamos metidos en problemas.

Y al terminar de decir esto volteó al cielo y vio las estrellas como nunca las había visto, lamentó no haber apreciado aquello durante el corto tiempo que tenía de vida e imaginó, sólo por un breve instante, que salía volando hacía ellas para perderse en su inmensidad y su luz. Luego se agacho callado. El silencio volvió a reinar sobre los tres pequeños sentados en el tronco y la luz de la luna reflejándose en el estanque iluminó sus rostros angustiados, sus manos con las espadas de madera y en el suelo, a un costado del tronco, un oscuro charco de sangre y una mano infantil que yacía sin vida.