martes, 11 de agosto de 2009

Infancia de Sal

 

No recuerdo claramente que día del mes era entonces, ni si hubo tacto para comunicarme la noticia o no. Lo que claramente recuerdo es que esa tarde yo tenía la convicción plena que dejaba esa casa para siempre. Era el año del 84. Yo apenas alcanzaba un poco más allá de la alacena para tomar los vasos, mi hermano Jafet medía lo mismo que mi hermana Lizet, que a su vez medía lo mismo que yo. Era verano, eso sí lo recuerdo claramente; llevaba puesto un conjuntito de shorts y camiseta a rayas de color rojo granate. Un rojo intenso que contrastaba con la palidez acaramelada de mis piernas de niño activo, llenas de costras y cicatrices de batallas luchadas, algunas pérdidas otras tantas ganadas. El calor era abrumador ese verano, a la menor provocación, por cualquier esfuerzo, por minimo que este fuera, el sudor resbalaba incesante de nuestras frentes y llenaba nuestros pequeños cuerpos hasta empapar la ropa. Fue pues, durante ese caluroso verano que mi mamá nos dijo que nos iríamos a vivir a Guerrero Negro con el Abuelo. Que estaba enfermito y que necesitaba muchos besos nuestros para que se curara. Ahora que lo recuerdo me sorprendo de lo increíblemente ingenuo que puede llegar a ser un niño. Yo creí todas y cada una de aquellas palabras. Todas. Y lo primero que pasó fue que a nuestra llegada el Abuelo estaba más fuerte que un roble y mi mamá se peleó con el apenas puso un pie fuera del taxi que nos llevaba de la Terminal a la casa. Nada resultó ser cierto, no al menos de la manera que nos quisieron hacer creer.

Pues bien, recuerdo el calor de 1984 como si fuera apenas ayer o unos minutos. Recuerdo la devastadora noticia y como lo tomé. Con la importancia que mis nueve años eran capaz de dar. Con la importancia que un suceso que de manera consciente se reconoce como cambiador del destino llega y toca la puerta de mi vida sin yo invitarle o estarle esperando. El recuerdo esta latente en mi memoria. Subí en algún momento del día y me despedí de mis rincones favoritos, de las paredes, de las puertas. Me despedí de aquel ropero grande y viejo que sirvió de refugio en tantas ocasiones y cuya oscuridad fue cómplice de tantas fantasias irrealizadas. Dije Adiós a todos y cada uno de los bloques que construían mi hogar. A lo que mis ojos se habían acostumbrado ya a ver, como si de la oscuridad de una noche muy negra se tratase. Dije Adiós y di media vuelta y salí de ahí para siempre. El niño jamás volvió. Regreso un adolescente tiempo después, pero el niño aquel de los rubios mechones de cabello jamás llegó de nuevo a tocar sus puertas, a divagar en el armario de madera aun más viejo que de costumbre, de aspecto más pequeño que entre sus olores escondía aun las viejas travesías a mundos de fantasías interminables que años atrás ofrecieron las puertas de escape a tantas vicisitudes presentadas por la vida.

Cuando rocé con las yemas de los dedos, en lo que en ese entonces pensaba yo era la última vez que lo hacía, las paredes de mi casa, la atención se centraba en la textura irregular del cemento, su falsa suavidad provocada por varias capas de pintura de aceite medio mal aplicada meses atrás por la experta de mi madre en esos menesteres de reparaciones domésticas que ni terminan y uno no sabe si realmente empezaron. Cada orificio, cada bulto, se presentaba ante mis dedos como nuevo, como algo exótico, pretendía grabarme mis recuerdos en los dedos y pensaba que esas paredes los contenían.

El viaje a Guerrero Negro habría de quedar impreso en mi memoria gracias a la tragedia. Una vaca perdió la vida, el autobús en el que viajabamos la atropelló. Fue bastante aparatoso y después de los gritos de conmoción y espanto, el chofer triunfal anunció para nuestro supuesto beneplácito que no sería necesario transbordar de unidad, que aquel animal sólo había abollado parte de la defensa y que a pesar que no le servía una luz alta podríamos llegar sanos y salvos (aunque realmente ya nadie le creía) a nuestros destinos finales. Dicho lo anterior, el feliz chofer, sintiendo el pecho hinchado por el orgullo de haber resultado héroe de la situación (aunque me pregunto y no lo recuerdo, si alguien le habrá cuestionado en primer lugar porque se sentía así si el fue el responsable de tan deleznable incidente) prosiguió el trayecto. Claro que como en casi todo, las reacciones secundarias estaban escritas en letra chiquita y casi ilegible, en este nuestro inexistente contrato de viaje, ya que resultó que debido al aparatoso atropellamiento vacuno, el autobús dejaba una estela de apestosa muerte a lo largo y ancho de la carretera. Era insoportable el olorcito a vaca destazada. Como una concentración de vacas y sangre inaguantable. Que, para nuestra fortuna, no tuvimos que soportar demasiado, ya que faltaban solo un par de horas para llegar a Guerrero Negro.

Era muy temprano por la mañana y no hacía calor. Parecía que no solo hubiésemos viajado en la distancia, sino también en el tiempo. El lugar se miraba desolado, no había grandes casas ni edificios. Las calles estaban cubiertas, en vez de asfalto, de una mezcla extraña e iridiscente de color café claro o gris blancuzco. Los años me enseñarían que se llamaba salitre. El cielo parecía ocupar gran parte de lo que mis ojos alcanzaban a ver. La tierra se extendía de manera impresionante hasta perderse en el cielo azul, medio nublado y medio frío de aquella mañana, mi primer mañana en el pueblo. Yo con nueve años encima. Con un futuro que me sabía a incertidumbre. Estaba parado a un lado de la carretera y fue cuando conocí su viento que de manera perseverante sopla sin descanso día y noche, cerré los ojos y me despedí de mi vida como la conocía hasta ese momento. Aspiré profundamente para llenar mis pulmones del nuevo aire que me rodeaba, sentí su húmeda caricia en mis mejillas y regresé a donde estaba mamá. Subimos el equipaje a un taxi y le escuché decir con algo de inseguridad –Vamos a darle una sorpresa a tu abuelo.

Cerré la puerta del auto. Y avanzaron ante mis ojos los mismos colores todo el tiempo en aquel corto trayecto. Con tan sólo nueve años encima, supe entonces, que ya nada sería igual para mí.

jueves, 6 de agosto de 2009

El verano llegó

 

Finalmente el calor está aquí. Ya es Agosto, el mes de mi cumpleaños, y como todos los años, es cuando el calorcito rico y agradable se siente por todos lados. Pasaré un cumpleaños más sudando la gota gorda, porque a diferencia de las ciudades donde el calor es mucho más fuerte y dura mucho más (sí, Mexicali, no te hagas que te estoy hablando a ti) en Tijuana el aire acondicionado en las casas no es un verdadera necesidad, la puedes más o menos llevar bien sin el dichoso aparato. Si tu incomodidad es grande y tu casa no está preparada para un equipo de gran tonelaje que te deje tu casa como iglú de esquimal, entonces puedes optar por el bien ponderado “mini-split” que se pone en la ventana. Pero basta de conversaciones sobre instalaciones domésticas, regresemos al calorcito del verano que se siente hoy y que sentimos el fin de semana pasado.

Finalmente mi primer baño en el mar fue precisamente la semana pasada, en la playa de campamentos “Alisitos” el clima fue más o menos benigno, con cielos nublados que cedía pasó al sol al pasar del medio día. El agua del mar estuvo deliciosa el domingo, y lo digo por supuesto en el sentido figurado de la expresión, porque lo que es el sabor, sabor, seguía siendo bastante salado para mi gusto. La temperatura y el oleaje se antojaban para no salir nunca de ahí y convertirse en ciudadano permanente de Pacifica, nombre ficticio que me acabo de inventar de alguna isla perdida muy al estilo de la Atlántida que las leyendas cuentan estuvo en el otro Océano, el hermano menor del Océano Pacífico.

Pero el relajamiento y esos días de descanso nunca son para siempre y el domingo se terminó rápidamente por la tarde, cuando con casas de campaña, rostros cansados, cuerpos con quemaduras de sol y unas ganas inmensas de comer nieve de cerezas negras, nos regresamos todos a Tijuana. ¿Siguiente parada? Campamento en la sierra de Baja el siguiente fin de semana.

viernes, 31 de julio de 2009

El placer del tacto

32gb_ipod_touch

No, definitivamente este artículo no es sobre los placeres físicos que producen las caricias (hecho innegable), sino del placer que produce adoptar un nuevo iPod Touch con su océano de posibilidades en forma de aplicaciones instalables desde la interface de atunes.

Estoy fascinado con la versatilidad del juguetito. No me importa tanto el escuchar música en él, ni ver videos, eso lo hace casi cualquier teléfono hoy en día, sino poder usarlo para muchas otras cosas más (algunas también las hacen otros telefónos pero con pantallas algo más pequeñas como mi Nokia E71), sino la versatilidad y variedad de aplicaciones que hay disponibles, de las cuales debo poner como número uno en mi lista a Stanza, el lector de libros electrónicos para iPhone/iPod Touch que me permitirá, de manera bastante cómoda, leer la gran colección de libros electrónicos que poseo.

droppedImage_4

Dicen que la próxima generación tendrá cámara, y por supuesto, hará otras gracias de las cuales ya no seré yo beneficiario ¿Pero no es así todo el tiempo? La única manera de estar actualizado en ese sentido es estar comprando todo el tiempo lo último que sale, o lo que es igual, tener una fuente inagotable de recursos capitales y las ganas de estar cambiando de equipos cada veinticinco días, por que siendo sinceros, la tecnología de la electrónica de consumo es una carrera que no tiene una meta al final esperando, sino una nueva marca de inicio que aparece con cada disparo de la pistola de los nuevos diseños disponibles para la compra.

miércoles, 22 de julio de 2009

Harry… ¡Oh! Harry Potter y el príncipe ¿Quién?

harry_potter_half_blood_prince_poster4 

Dice el refrán mexicano que no hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla; así, después de un retraso de algunos meses por parte de la casa productora para el estreno de la película de Harry Potter y el misterio del príncipe, que según las primeras fechas debió haberse estrenado en Diciembre del 2008, llegó a las pantallas de nuestras mexicanísimas salas de cine la magia del ya no tan pequeño maguito con anteojos y sus dos alegres amigos.

A mi no me culpen de la tan generalizada tendencia de comparar, siempre e invariablemente, la adaptación de una película con el libro del cual surge. Es lo más natural que uno siente debe hacerse. Sí al momento de estar leyendo el libro las imágenes evocadas por las palabras que se forman poco a poco en nuestras cabezas, nos hace vivir emociones diversas y nos contagió de ese espíritu indomable de la curiosidad por saber que va a pasar en los capítulos venideros, nos ayuda a recrear los fantásticos lugares, espacios, animales y objetos de este universo, lo menos que espero yo al pagar para ir al cine a verla es que al menos la historia se parezca a la del material de origen, en este caso: El libro. Si a mí, sin fortuna alguna y sin esfuerzo personal, el libro dibujo todos sus elementos en mi mente, espero que al ponerle unos doscientos cincuenta millonsejos de dólares y personas expertas en sus diferentes áreas, el resultado debe ser al menos medianamente aceptable. Triste es la verdad que reza que la vida no es justa (porque todo mundo sabe que ser bueno es fácil, lo difícil es ser justos) y debo decir que está cinta me decepcionó. Esperaba, durante estos dos años, que la batalla de la torre del observatorio fuera algo espectacular, es más, que los críticos hicieran pedazos a la película por lo exagerado de las escenas y las confrontaciones entre alumnos y maestros contra los mortífagos. Y nada. No pasó nada. No hubo pelea. Una débil confrontación de Draco con Dumbledore quien sabía que ya lo andaba queriendo matar y como si llegara a pedir una tacita de azúcar llegan los malos y de la nada Severus Snape aparece y ¡PUFF! Lo mata. Aclaración: No me reclamen que les he contado el final de la película, que no termina aquí y el libro tiene varios años escrito y esto era de conocimiento generalizado.

Espere ver más recuerdos de Tom Ryddle. El Voldemort humanizado, por qué se hizo malo, sus motivos detrás de sus acciones. Esperaba que Snape fuera puesto en más situaciones que nos hicieran dudar de su verdadera lealtad y que transmitiera la imagen que transmite al final del libro. Nada. Neville Longbottom casi no habla, Luna Lovegood, como siempre, es un personaje genial. Ginny estuvo muy débil, toda la línea de la historia entre Tonks y Lupin la desaparecieron, entre otras cosas. Molly Weasley, casi no habló y la otra línea entre Bill y Fleur De la Coeur ni siquiera se mención. De esto podemos deducir que no habrá boda para la siguiente entrega, además, El funeral de Dumbledore fue un suceso notable. Hasta la odiosa de Dolores Umbridge acude a presentar sus respetos y aquí no hubo nada. Debió haber sido como el Michael Jackson del mundo de la magia. Si tan importante era, lo correcto era que se hiciera un servicio funerario a su altura. Pero no. Se limitaron a alzar sus varitas al aire para borrar la marca tenebrosa del cielo y fue todo. Pobre Dumbledore. Que manera de ignorarlo. Y ahora el título ¿Qué tiene que ver el libro de pociones del príncipe mestizo con todo esto? Lo tuvieron que incluir, se nota, porque el libro así se llama, sino seguro lo hubieran quitado también.

Sí, ya dejé claras mis inquietudes e inconformidades con el film, pero ¿Me gustó? Mmm... la pregunta es simple, corta y precisa. La respuesta, desafortunadamente, no corre tal suerte. Me “medio” gustó. Eso porque me gustó el libro. Se me hizo lenta. Muuuy lenta en ocasiones. Hubo varias cosas que me gustaron y otras que no tanto. El look se me hizo diferente. Frío en casi todas las tomas, con tonalidades azules, grisáceas, de sentimientos distantes y sólo cuando están en la Madriguera de los Weasley los tonos se hacen cálidos. Se notó demasiado la intensión del uso del color. Creo que hubo un abuso del efecto de “blurring” en algunas zonas. Pocas fueron las imágenes que tuvieron profundidades de campo extensas, pero imagino que fue la decisión del Director de fotografía y el Director para conseguir efectos de ensueño (o pesadilla). Adoré en gran manera los efectos especiales de los mortífagos, sus acelerados vuelos transformados en largas trayectorias de humo arremolinado; de igual forma, el pensadero. Como si fueran gotas de tinta cayendo en un claro de agua creaban los cuerpos de las personas y las cosas. Y que decir de la escena donde Dumbledore se deshace de los inferi (que así se llaman) que le atacan a él y a Harry Potter cuando intentan recuperar el relicario convertido en un Horrocrux por Voldemort. Ese torbellino de fuego en la cueva de cristal fue fabuloso.

Puedo concluir que me gustaron los efectos especiales mucho. El estilo en general de la película no tanto. La adaptación a la pantalla mucho menos. Y entiendo que hacer adaptaciones de este tipo de obras es por demás difícil. ¿La volvería a ver? Seguramente sí. De hecho la voy a comprar cuando salga a la venta. Y esperaré de una manera muy, pero muy ingenua, que la próxima película sí cumpla mis expectativas.

¡¿Y ahora qué hago con la salsa bechamel?!

 

Bueno, ya tenemos una deliciosa, sencilla y versátil salsa bechamel recién cocinada… ¿Y ahora qué? Se preguntarán ¿Qué exquisitos usos le doy a esta supuestamente maravillosa salsa madre?

Bien como platicábamos en un artículo anterior, las versatilidad de las salsas madres radican en que con ellas se elaboran las bases de muchos platos y de ellas se desprenden otras salsa más elaboradas, agregando ingredientes.

Por ejemplo, la salsa Mornay, a nuestra salsa bechamel le agregamos queso parmesano, queso gruyere y listo! Mornay a la orden (la receta podría variar). Pero no nos desviemos del tema y veamos un uso práctico, rápido y rico: el croque monsieur, que traducido del francés al español es algo así como el caballero crujiente. Ya investigué el origen del nombre y como muchas otras cosas, no hay fuentes confiables y está perdido en la historia. Conformémonos pues con saber que el croque monsieur es un sándwich elaborado con salsa bechamel. Es muy popular en las calles de Francia, lo venden casi siempre en las panaderías o en los cafés como un alimento para llevar.

Los Ingredientes:

Rinde para 2 personas

  • 4 rebanadas de pan blanco de caja sin orillas
  • 4 rebanadas gruesas o 6 rebanadas finas de jamón de pierna de puerco o de pavo fino
  • 1 taza de queso gruyere, manchego, chihuahua, monterrey u otro para fundir con sabor suave rayado
  • Sala bechamel, la suficiente para cubrir todo
  • Un poco de mantequilla para untar

El Procedimiento:

  1. Preparamos una charola con papel aluminio o silicón para evitar que se nos pegue el sándwich al momento de hornear
  2. Precalentamos el horno a 375 grados centígrados
  3. Untamos muy ligeramente de mantequilla dos rebanadas de pan
  4. las 2 rebanadas de pan las colocamos en la charola lado a lado
  5. Cubrimos cada rebanada con salsa bechamel
  6. Cubrimos la salsa con ¼ de taza del queso rayado
  7. Ponemos las rebanadas de jamón sobre el queso
  8. Sobre el jamón esparcimos un poquito más de queso rayado
  9. Tapamos ambos sándwiches con las rebanadas de pan restantes
  10. Cubrimos las tapas con salsa bechamel y esparcimos el queso que ha sobrado sobre estas
  11. Metemos al horno unos 15 minutos a que se dore y el queso esté gratinado. El tiempo depende del horno así que pon atención en este paso y ten vigilados tus sándwiches
  12. Listo! Lo puedes servir acompañado de una copa de vino y una ensalada de verdes.

miércoles, 15 de julio de 2009

Salsa Bechamel

 

Anteriormente comentaba sobre la cocina francesa y sus etapas marcadas por sus chefs. Una de las habilidades de cualquier Chef o persona que guste de cocinar, como es el caso de un servidor, es la preparación de las salsas madres y aunque ahora las tendencias en la gastronomía es aligerar lo que ingerimos, sí cocina molecular te estoy hablando a ti, a mi me gustan más los deliciosos platos clásicos. Muchos de los cuales son preparados con una de las versátiles salsas madres: La Bechamel.

La salsa Bechamel o salsa blanca esta preparada con base en un roux, palabra en francés que designa la mezcla de harina y grasa. Habitualmente usamos harina de todo tipo y la grasa suele ser una mantequilla de buena calidad. Recuerden que en las recetas sencillas con pocos ingredientes, la calidad de estos es clave para el sabor final. Mala mantequilla equivale a mala Bechamel. Simple. Al roux le agregamos leche, algo de pimienta fresca molida, sal y algo de nuez moscada et voilà! Una deliciosa salsa Bechamel lista para ser usada en lo que deseemos.

Los ingredientes:

  • 2 tazas de leche fresca
  • 2 cucharadas de mantequilla de buena calidad
  • 2 curadas de harina
  • ½ cucharadita de sal
  • 1 pizca de nuez moscada
  • 1 pizca de pimienta recién molida

El procedimiento

  1. En una casuela fundimos la mantequilla a fuego medio
  2. Agregamos la harina y mezclamos bien
  3. Dejamos que se cocine dos o tres minutos sin que se queme. Tomará un color dorado.
  4. Mientras tanto calentamos la leche en el microondas.
  5. Sin dejar de batir agregamos la leche poquito a poquito y vamos deshaciendo los grumos que se puedan formar.
  6. Cuando hemos terminado de agregar la leche, agregamos la sal, la pimienta y la nuez moscada.
  7. Seguimos batiendo ligeramente hasta que la salsa espese.
  8. Voilà! La salsa está lista para usarse

lunes, 13 de julio de 2009

Cocinando en francés 1

 

En sus azares interminables, la vida y otras circunstancias me han puesto en distintos lugares del planeta. Todas experiencias únicas y enriquecedoras, diferentes siempre aunque sean los mismos sitios, dejan marcas en mi cosmovisión del todo al que formo parte. De estas aventuras por el globo, definitivamente el degustar diferentes sabores ha sido uno de los principales deleites.

Por encima de todas las cocinas, prefiero la mía, la Mexicana; estoy plenamente convencido que competimos contra cualquier otra cultura en lo que a diversidad concierne, y a pesar de que algunas personas puedan pensar, la cocina del país tiene un espectro tan amplio que bien puede atender a los gustos sencillos, de la gente común a pie hasta las refinadas papilas gustativas que de manera experta juzgan sabores y buscan la exquisitez en la sofisticación de los platos. Además, nuestras aportaciones a la gastronomía internacional son grandes e impactantes: El guajolote o pavo, el chocolate, el maíz, el tomate, el aguacate, por mencionar a algunos. Sin embargo, pienso que la imagen internacional de la gastronomía mexicana está devaluada, el grueso de la población mundial piensa que los tacos, las quesadillas, las chimichangas y las enchiladas es lo único que comemos. Esto es, a sus ojos somos un pueblo “fritanguero” que vive de masa de maíz frita rellena de diversos guisos, asados o estofados y aquí en el país pueden pensar que somos los únicos que desayunamos huevos con frijoles (que realmente es un desayuno inglés).

En mis personales gustos, la cocina que sigue en mi lista de favoritos es la francesa, la cual según mi opinión, sí cuenta con el favor de la opinión más elevada de la población mundial. Reconocida internacionalmente como reflejo del buen gusto, el buen comer y el buen beber, es Francia la cuna de lo que hoy conocemos como la alta cocina, a pesar que los orígenes son, como casi siempre, el resultado de las influencias y adopción de diferentes costumbres de otros países o pueblos, de los cuales podemos destacar a los italianos, los belgas y a los romanos. Hace mucho, en aquella isla que hoy se llama Île de la Cité, en donde fue refundada la ciudad de Paris, tuvo inicio una de las cocinas más famosas del mundo. No fue sino gracias a la aristocracia francesas que la comida evolucionó. Eran ellos los que contaban con el dinero suficiente para pagar cocineros especialistas, construir las cocinas y sobre todo comprar los ingredientes y las especias, que ese tiempo costaban su peso en oro. Los aristócratas hacían gala en grandes banquetes de su capacidad económica y presentaba a sus invitados exóticos platos, que podían incluir animales preparados y reconstruidos en su piel o plumaje original para acentuar el dramatismo del plato principal. Comían con los dedos y la dieta variaba según lo disponible por temporada, por conserva o por festividades religiosas.

Hay una lista muy larga de personalidades de la cocina francesa, pero fueron tres chefs o jefes de cocina los que moldearon en gran parte la cocina como la conocemos hoy. El primero de ellos es François Pierre La Varenne, a quien los historiadores culinarios consideran el padre del cambio de lo medieval a lo moderno. Escribió varios libros de cocina y cambia de platos fuertemente condimentados a sabores más suaves, de tal suerte que el cardamomo, la canela, el azafrán, la nuez moscada y otras más exóticas se pasa al uso de las hierbas finas: Tomillo, estragón, laurel, salvia, perejil, etc. E inventó la salsa bechamel, una de las salsas madres de la cocina francesa.

A La Varenne le sigue cronológicamente el Chef Marie-Antoine Carème. Repostero famoso por sus trabajos elaborados y extravagantes cuya contribución más importante fue haber divido la cocina francesa en categorías y denominar las salsas madres, que con algunas variaciones se convierten en otras y son base de la comida de la cocina de la época. Estas son: La salsa española, la salsa demi-glacé, la salsa de tomate, la salsa velouté y la salsa bechamel. De estas una gran variedad de salsas adicionales se desprende agregando ingredientes adicionales.

Y por último, fue George Auguste Escoffier el que creo la divisón de las cocinas como las conocemos hoy en día. Gracias a esta división de actividades un plato pasó de ser preparado por una sola persona a ser el producto del ensamblaje del trabajo de varios cocineros especialistas. Definió las estaciones y su manera de funcionar y la estructura jerárquica de la cocina, la cual los mortales simples y comunes tenemos pocas oportunidades de ver funcionando. Y es en la película Ratatuille donde se expone de manera sencilla todo ese mundo interior de un restaurante de 3 estrellas Michelin.

Pero ¿Comen los franceses cocina de altura todos los días? Claro que no. Nosotros no hacemos tamales cada dos días para la familia, ni cocinamos cabeza o chiles en nogada cualquier martes por la tarde. Los alimentos que se consumen, al igual que en México, dependen de la zona donde vivas o te encuentres de visita. De manera que los platos son sencillos, llenos de los olores y sabores de los productos locales. En los pueblos cercanos a las costas, la obviedad indica que hay un mayor número en el consumo de pescados y mariscos. En las zonas cercanas a las fronteras con Alemania y Bélgica, se consume la col fermentada y las salchichas, los tomates, el aceite de olivo por Provence y así sucesivamente. Hay también, por otra parte, los platos que todos conocemos, y que no representan a una región o lugar en particular, como el coq-au-vin o pollo al vino tinto, el pot-au-feu que es un cocido de carne y verduras, la tarte Tatin o los croissants.

Las porciones alimenticias son menos abundantes que en nuestro país y un desayuno en casa es una taza de café con leche (café au lait) con una baguette cortada por la mitad untada con mantequilla y alguna mermelada (la tartine). La comida, entre las doce del mediodía y las dos de la tarde inicia con los aperitivos, un plato de entrada, un plato principal fuerte donde se sirve el pollo, la carne o el pescado en sus distintas preparaciones, después de la comida un platón de quesos, frutas y nueces, y por último el postre. Se cierra con café y puede o no haber un licor digestivo para cerrar. Todo acompañado de los vinos regionales que se sirven bien maridados con los platos que se degustan: Blancos para sabores suaves, como el pollo, pastas blancas y pescados; rojo para carnes y sabores intensos como pastas rojas, aves de caza; generosos para los postres, como el jerez o el oporto.