lunes, 16 de abril de 2012

El Visitante

- Misión a la luna. Reporte de avances. Sin indicaciones de vida hostil en el satélite. Combustible del jet pack al setenta y cinco por ciento. Rumbo al cráter más cercano.

Tomé las correas de mi mochila escolar y corrí muy recio por las banquetas que descendían por la avenida que llevaba a mi casa. Imaginando que estas eran los controles del jet pack que me trasladaba en la liviana atmósfera lunar de mi imaginación. Pasaba de largo de un sólo salto cada escalón que se me atravesaba, esquivaba los postes de luz y las cajas donde se encontraban resguardados los medidores. Al llegar a la puerta del pequeño patio delantero,empujé la puerta de la barda y abrí la puerta principal.

- ¡Mamá! ¡Ya llegué! - grité muy fuerte y me dirige a mi habitación donde puse, con muy poco cuidado, la mochila sobre un viejo tocador café que seguramente en los años setentas había sido una sensación de diseño, pero que en este tiempo realmente se miraba bastante dañado y fuera de moda.

Como de costumbre, me dirigí al comedor. La comida estaba lista y mi mamá estaba terminando de servirla para todos. Todo iba transcurriendo normalmente, nada fuera de lo común que llamara mi atención hasta entonces. Levanté mi plato para después, sin mucho protocolo, dirigirme a mi habitación. Mi barra de caricaturas favoritas por televisión estaba por comenzar y tenía deberes escolares que atender.

Encendí la pequeña televisión que tenía en la habitación y saqué los libros y cuadernos apropiados de la mochila. Me senté en la silla del tocador, muy cerca de la televisión para de manera simultánea hacer la tarea y ver las caricaturas. Fue durante la pausa de corte comercial cuando la televisión se quedó muda por un instante. Unos cuantos segundos. Yo seguía escribiendo en el cuaderno a rayas con la pluma de tinta azul los resultados de unas operaciones aritméticas. Y lo escuché. En ese pequeño espacio alcancé a escuchar un leve resoplido algo ronco, pero muy ligero que provenía de patio trasero. La única ventana de mi habitación daba hacia el patio trasero, y mi cuarto era el único cuya ventana daba en esa dirección.

Levanté la vista del cuaderno, con gesto curioso, y justo antes que el sonido regresara a la televisión lo escuché de nuevo. Esta vez tuve la certeza que era real. Que en verdad había algo ahí afuera. Bajé el volumen de la TV y me quedé quieto. Como si cualquier movimiento que yo hiciera pudiese espantar a lo que fuera que estuviera haciendo el sonido.

Muy despacio me incorporé de la silla. Con sumo cuidado acomodé la pluma de tinta azul sobre el cuaderno de rayas, de puntitas me acerqué a la cama que estaba junto a la ventana, me subí a ella, corrí un poco apenas la cortina, lo suficiente para asomar un ojo e intentar ver que era lo que resoplaba afuera. Sentía la respiración agitada, el corazón acelerado, como si dentro de mi supiera que algo no estaba bien, que algo fuera de lo ordinario estaba sucediendo. Sin soltar la cortina, acerqué el rostro a la pequeña rendija de tela de colores que se formó en la cortina.

Mi boca cayó hasta el suelo y los ojos se me desorbitaron de la sorpresa al verle. Por ese breve instante, mi corazón y mi respiración se detuvieron. Un leve mareo por excitación me tomó por sorpresa y me hizo perder un poco el equilibrio. Tragué saliva, parpadee rápidamente para asegurarme que no era una visión. No, realmente estaba ahí. En el patio trasero de mi casa había un gran elefante púrpura.

Abrí la cortina de par en par, pegué el rostro y ambas manos al vidrio de la ventana para observar al animal en cuestión. Y ahí estaba él, parado muy calmado, comiendo unas hierbas que crecían en la tierra. Resoplaba y levantaba la trompa púrpura muy alto de vez en cuando. Mi aliento empañaba el cristal y tenía que limpiarlo muy seguido para que no me obstruyera la vista de la maravillosa criatura que tenía como huésped inesperado aquella tarde calurosa de junio. Seguí observándolo unos minutos más y de no haber sido porque resbalé con las sabanas de la cama y golpeé el marco, todo hubiera seguido igual. El ruido llamó la atención del gigante y volteó en mi dirección. Yo parecía un tonto pues quise permanecer inmóvil soportado por la fricción de mis dedos y lo único que conseguí fue resbalar lentamente hasta quedar incómodamente doblado, formado una L entre la cama y la pared. Recuperé mi posición, y mi dignidad, muy rápido. Apresurado, esperando que el elefante púrpura no hubiera escapado. Me asomé de nuevo y ahí seguía. Sólo que ahora estaba muy atento, observando de manera desconfiada podría decir, en mi dirección. Muy cuidadoso de no apartar la mirada de mi, estiraba su trompa y arrancaba pequeñas ramitas que luego llevaba a su hocico pequeño, curioso de forma pequeña.

Estuvimos quietos los dos, bueno, más yo que él, pues no dejaba de comer. Hasta que decidió que era suficiente. Volvió a lo suyo y a seguir ahí nada más, parado en el mismo sitio. Yo no quería dejar de verlo, pensaba que se iría. Así que no me atrevía a dejar mi posición para ir al patio trasero a encararlo directamente. Luego empecé a preguntarme cosas. Cosas como ¿Qué hace un elefante púrpura en mi patio trasero? ¿Por qué es púrpura el elefante? ¿Cómo es que nadie se ha percatado de su presencia? ¿Cómo llegó el elefante a mi patio trasero? Pero sobre todo, la pregunta que resonaba en mi cabeza como un eco una y otra vez era ¡¿Qué hace un elefante púrpura en mi patio trasero?!

Decidí tomar riesgos; si el elefante desaparecía, algo muy mal andaba conmigo y con mi imaginación. Tomé la determinación de ir al patio trasero. Por un instante iba a salir corriendo, gritando a todos en casa sobre mi hallazgo, pero no se porque no lo hice. Aun ahora sigo sin saberlo. Cerré la cortina, me bajé de la cama y me dirigí al patio trasero. Ví a mi familia sentada en la sala viendo TV, pero no les dije nada, traté de no hacer ruido ni llamar mucho la atención. Tomé la chapa de la puerta que comunicaba con el patio trasero, aspiré una gran bocanada de aire y abrí la puerta.

El elefante púrpura permanecía en el mismo lugar. Tomando las máximas e irresponsables medidas de precaución que a mis diez años podía tener, me acerqué a él. El estomago y el corazón se me fueron al suelo cuando el elefante decidió girar, en el mismo lugar, dando pequeños pasitos hacia mi. Me miró fijamente, sus ojos escudriñaban mi persona entera, su cabeza se movía poquito de un lado a otro, la trompa extendida olfateaba el aire a su alrededor; yo retomé mis pasos y avancé hacia él. El elefante permaneció meciendo su enorme cuerpo en el mismo lugar, no se movía, simplemente estaba ahí. Cuando hube llegado muy cerca, extendí la mano para acariciarle.

- Espero que traigas comida contigo - me dijo. Yo casi muero de un infarto al escucharle hablar y continuó sin darme tiempo a contestar - Verás, no me malinterpretes, la hierba aquí es buena, en verdad, pero a mi lo que me gusta, lo que me vuelve loco, son las galletas de cacahuate ¿De casualidad traerás alguna contigo hoy?

- Puedes hablar ¡Hablas!

- Mmm eso parece ¿No? Aunque, no entiendo la sopresa ¿Acaso nunca habías visto hablar a un elefante?

- ¡Por supuesto que no!

- Es una pena, los elefantes somos famosos por ser excelentes conversadores. Tenemos muchas cosas interesantes que decir. Los monos por otra parte... Pero no hablemos de esos insensatos ¿En que estábamos? ¡Ah! Es verdad, estábamos en que había probabilidad de que trajeras contigo alguna deliciosa galleta de cacahuate ¿Y bien? ¿Traes alguna contigo?

- No, no traigo ninguna, Pero ¿Te gustan las de chispas de chocolate? Creo que puedo traer algunas de la cocina.

- Una galleta de chispas de chocolate no es lo mismo que una galleta de cacahuate. Sin embargo, una galleta, de lo que sea, no deja de ser una galleta. No es una magdalena o un bollo, no señor. Una galleta siempre será mejor que eso y que nada. Amiguito mío, aceptó con gusto tu idea de las galletas de chispas de chocolate.

- Bueno, entonces tu te quedas aquí y no te vayas. No me tardo nada.

Salí corriendo a la cocina sin siquiera pensar en el hecho que estuve hablando con un elefante en el patio trasero de mi casa. Un elefante púrpura. Llegué agitado a la cocina y abrí la puerta de una de las alacenas y tomé la cajita de galletas de chispas de chocolate. Era la única que había en ese lugar. Tomé dos de ellas, una para el elefante y otra para mi. Regresé de inmediato al patio trasero, al fondo alcancé a escuchar el televisor en la sala de la casa y sin voltear pasé de largo apresurándome a salir de nuevo al encuentro de mi extraño nuevo amigo purpúreo. Por un instante, la idea que no estuviera ahí esperando por mi asaltó mi mente, pero la duda fue disipada al ver la colorida mancha enorme en medio de aquel patio.

Corriendo me acerqué con las galletas levantadas al aire, agitándolas como bandera de triunfo. El rostro de mi extraordinario amigo se iluminó, su sonrisa llegaba de oreja a oreja. Cuando estuve a su lado, le ofrecí la galleta, con aquella trompa grande la tomó y le dio una mordidita, yo le di una a la mía; me senté en la tierra sin dejar de verle. Miles de preguntas, como palomitas de maíz en una olla caliente, saltaban, y eran tantas que mi boca permanecía muda, conteniéndolas. Cuando las galletas iban a la mitad y estaba a punto de preguntarle como había llegado hasta mi patio, escuché la puerta atrás de mi que se abría y una voz que gritaba:

- ¿Qué haces ahí sentado en medio del patio?

Cuando volví la cabeza de nuevo, el elefante ya no estaba, en su lugar, una galleta de chispas de chocolate mordida hasta a la mitad. Cuando desilusionado me acerqué a recoger la galleta tirada del suelo, enredado, bajo unas ramitas, un pequeño mechón púrpura se movía con el viento.

 

 

 

miércoles, 11 de abril de 2012

Tokio

El frío de aquella mañana era atípico para esta temporada del año en Tokio, donde las brisas marinas templadas de abril empezaban a llenar los rincones de cálida humedad. Los cerezos están a punto de florecer y la espera del espectáculo en mayo está en la mente de los tokiotas.

Al caminar por las aceras de la estación de trenes central, Takeshi se acomodaba las solapas de la camisa intentando cubrirse un poco de las inclemencias climáticas a las cuales iba pobremente preparado. Hacía lo posible para evitar al frío colársele por el cuello, ya que le provocaba escalofríos que llegaban en oleadas pequeñas pero incomodas. Todos a su alrededor hacían lo propio, la mayoría mejor preparada que él, cubiertos con gruesos abrigos y armados con paraguas transparentes y negros, dos de los estilos más comunes en la ciudad. Al verlos, se reclamaba una ya otra vez por haber salido tan precipitadamente de aquel apartamento y no haber pensado en tomar algo del armario para sobrellevar mejor lo situación. El cielo amenazaba una vez mas con liberar otro aguacero torrencial.

Cuando llegó al andén donde su tren partiría en catorce minutos, el celular en el bolsillo de su pantalón gris empezó a timbrar. Al sacarlo vio la imagen de su amigo Katsuo.

Takeshi y Katsuo se conocieron varios años atrás, cuando ambos iban a la escuela elemental en uno de los barrios populares de Tokio. Caminaban juntos al colegio donde todo el día y hasta muy entrada la tarde estudiaban en el mismo grupo y con los mismos profesores. Compartían los mismos gustos musicales, pero eran acérrimos enemigo cuando el béisbol tomaba la pista central de sus discusiones. Era un tema en el cual nunca podían estar de acuerdo.

El teléfono seguía timbrando, mostrando la foto que Katsuo usaba en el perfil de su red social favorita. Dubitativo, Takeshi contestó finalmente. Había olvidado su posible reunión por la noche para ver un partido de béisbol y no se sentía con ganas de hacerlo, pero al mismo tiempo se apenaba por pensar en cancelar, ya que, a diferencia de él, esos encuentros deportivos eran irresistibles para su amigo que los disfrutaba enormemente.

- ¿Bueno?

- Amigo mío. ¿Dónde carajos estás?

- Estoy en la estación de trenes.

- Te estamos esperando, ya tenemos todo listo. Por favor trae mas cerveza.

- Por supuesto.

- Oye ¿Pasa algo? Te escuchas desanimado.

- No nada.

- Si tu lo dices, pero no te creo.

- ¿Qué te parece si lo discutimos en otra ocasión?

- Esta bien, esta bien. No olvides la cerveza.

El celular mostró en pantalla el mensaje rojo de llamada finalizada y Takeshi lo metió de nuevo a su bolsillo. De la otra bolsa del pantalón sacó un rollo de mentas y se echó una a la boca. Ya solo faltaban ocho minutos para que el tren arribara.

Buscó un lugar donde sentarse mientras tanto. La gente seguía pasando delante de él en todas direcciones, algunos, también esperaban el mismo tren. Volvió su vista hacia un costado y leyó en murmuras el nombre de la estación donde tomaría una conexión para ir al departamento de su amigo.

Cuando vio el reloj del anden aun faltaban cinco minutos. El tiempo se le hacía eterno y no pudo estar mas tiempo sentado. Se incorporó y camino hacia la fosa de la vía, miró el túnel que desembocaba en aquel lugar y por donde el ruido y la luz de la máquina le avisarían de la llegada de su tren. Metió ambas manos en sus bolsillos, apretando sus brazos al cuerpo para no dejar escapar el calor corporal y leyó de nuevo la hora en el reloj digital.

Sintió el contacto de una mano en su hombro y una voz conocida le llamó por su nombre. Giró su cuerpo y vio a Yushiko parada delante de él. Radiante como de costumbre, sosteniendo entre su pecho, con ambas manos, un abrigo café. Takeshi no resistió más. Se acercó y la abrazó muy fuerte, necesitaba sentirla cerca, desesperadamente esperando que todo hubiera sido un mal entendido y que todo quedaría atrás como en otras ocasiones.

Ella permaneció inmóvil, sin rechazar el abrazo, pero sin regresarlo. No había señales de ningún tipo en su rostro que pudieran indicar que algo había cambiado, entonces ¿Qué hacía ella aquí en este lugar? ¿Por qué había venido a buscarle?

Yushiko se retiró lentamente del abrazo de Takeshi. Le miró a los ojos y sin ninguna palabra le entregó el abrigo. Después simplemente se fue. Se perdió entre la gente de la estación y salió de la vista del desconcertado Takeshi. Mudo y confundido por el acto, sin siquiera pensarlo Takeshi se puso el abrigo. Seguía parado frente a la fosa de las vías del tren. Faltaban dos minutos para que el tren llegará. Metió las manos en los bolsillos y sus dedos tocaron en uno de ellos un objeto metálico. Supo inmediatamente de que se trataba. Sus ojos se humedecieron, sus labios empezaron a temblar ahogando el llanto inminente. Sacó el objeto con cuidado y lo sostuvo frente a su rostro, levantándolo apenas arriba de su frente. El reloj de pulsera reflejaba en su carátula rota y con pequeñas manchas de sangre el rostro pálido de Takeshi. Faltaban cuarenta segundos para la llegada del tren. El reloj seguía frente a él, sostenido entre sus dedos lanzando destellos robados de la tenue luz que iluminaba el anden. El ruido del tren se escuchó primero. Takeshi bajó el reloj y lo apretó muy fuerte en su mano, lagrimas cayendo de sus ojos, sin freno posible. La luz del tren iluminó el interior del túnel. Puso el reloj de nuevo el bolsillo del abrigo. Vio el reloj digital en cuenta regresiva. Faltaban cuatro segundos. El tren ya estaba entrando por el túnel. Las lagrimas nublaban su vista, escuchó cercano el furioso rugido de la maquina de metal. Y saltó.

 

viernes, 30 de marzo de 2012

Probando post desde iPad

Hola probando 1, 2, 3, desde Blogsy para iPad

Otro párrafo

Fotos

 

Video

 

 

 

Fin de test

 

lunes, 23 de mayo de 2011

La muerte del alcohol

 

A veces he pensado que morir es como ir a dormirse borracho. Al final todo confuso, como si ni siquiera estuvieras ya ahí, cierras los ojos y te sumerges en el sopor eterno.

jueves, 28 de abril de 2011

El cuerpo cortado


Este clima me va a matar. Si no lo hace el crimen organizado, la comida del trabajo, el stress, los accidentes automovilísticos, los accidentes aéreos o el oso grizzli que estoy seguro espera mi primer visita a Yellow Stone en U.S.A. para atacarme, será el clima el que se encargue de terminar mi existencia en este mundano plano terrenal.

Ya se ha hecho una constante, cada que cambia el clima, me enfermo. Ahora mismo deseaba estar escribiendo el artículo aquel, el cual me revelaría a la comunidad literaria como el nuevo valor agregado y sin embargo aquí estoy, escribiendo de dolores y mucosidades. Que injusticia.

Además me he dado cuenta que en este Blog se ha ido diluyendo la parte culinaria, que era uno de los puntos centrales, y una de mis actividades de ocio y esparcimiento favoritas: comer y beber. Pero por ahora no me siento de modo para escribir nada más.

martes, 26 de abril de 2011

Conejos, Pollos y Huevos Coloridos

¿Cómo se relacionan los conejos, los pollos y los huevos coloridos con la pasión de Cristo? No lo sé a ciencia cierta, pero estoy seguro que en alguna parte de su historia en Estados Unidos, algunas costumbres paganas se integraron y al final, como suele ocurrir en estos casos, tenemos las tiendas llenas de parafernalia que celebra al conejo de los huevos, encargado de la pascua.

Las vacaciones de Semana Santa han terminado, los días son concedidos a los mexicanos como festivos puesto que la mayoría de la población del país es católica. La Semana Mayor, como la conocemos también sirve para conmemorar la crucifixión y la resurrección de Jesus de Nazareno, el Cristo. Es en esta semana donde la fe se renueva, se reafirman los dogmas y hacemos un ejercicio de meditación y contemplación. Yo, siendo menos religioso, aprovecho estos días para pensar en todo tipo de cosas. Han muerto seres con los que compartí tiempos importantes de mi vida. Mi corazón les mantendrá a mi lado hasta que se llegue el momento en que nos reunamos en algún lado, ya sea en el cielo y la gloria eterna de Dios, o en el cúmulo de materia y energía que forma lo que percibimos como universo. Donde sea.

Pero además de las desafortunadas pérdidas personales, el desconsuelo se filtra muy lentamente, amenazando con quebrantar el espíritu, permeando las estructuras de la tranquilidad. Basta con ver las noticias, en cualquier canal, en cualquier idioma, para darse cuenta de lo mal que está el mundo. De lo mal que estamos los seres humanos. De lo incierto que es nuestro futuro. ¿Cuántos conejos con cestas de huevos multicolores de chocolate serán necesarios para mejorar esto?

martes, 29 de marzo de 2011

Tiburones

 

tiburcio

Anoche soñé con tiburones. Creo que alguna vez comenté que la mayoría de mis sueños son muy vívidos, muy intensos, demasiado cinematográficos, con todo exagerado. Anoche no fue la excepción y tuve una pesadilla extraña. Me encontraba yo en el puerto de San Diego, con un grupo de personas, cuando nos avisan que podemos abordar al crucero, era por la tarde y sentía la brisa marina muy fría. Por alguna razón, todos traíamos puestos los chalecos salvavidas, sencillos, de color anaranjado brillante con correas de nylon negras. Nada fuera de lo común. Andábamos caminando todos de un lado a otro por la cubierta blanca del pequeño crucero, más bien parecido a un yate muy grande. La tierra firme desapareció de nuestra vista muy rápido y meseros vestidos con pequeños saquitos blancos y moños negros se encargaban de llenar las alargadas copas de champaña y reabastecer las mesas de bocadillos diversos. La iluminación era perfecta y todo discurría de manera agradable. Mi compañía y yo estábamos en la proa del barco, muy a la Titanic, y comentábamos sobre los tonos tan diferentes que tenía el mar y como empezaba a picarse un poco, lo cual se sentía en la manera en la que la embarcación se movía de un lado a otro haciéndonos balancear cada vez más.

Después de un rato y de imágenes extrañas, el sol estaba ya en su camino a ponerse pero el cielo estaba todavía muy iluminado, todos vimos como entre las aguas aparecían las aletas de grandes tiburones blancos. Muy grandes, la tierra firme se veía muy lejos en la distancia, todos estábamos en un estado de nerviosismo controlado. Repentinamente un tiburón saltó, como si fuera un delfín, y me tumbó al agua. Estuve flotando un momento agitando mis brazos intentando dirigirme de nuevo al barco, ya que por el chaleco permanecía perfectamente a flote, pero el miedo me impedía moverme de manera adecuada. Miraba que más y más aletas dorsales de tiburones me rodeaban y luego desparecían para después reaparecer por otro lado. No sabía para donde voltear ni si debía o no gritar. Sentí un fuerte agarrón en el pie hasta la altura del tobillo y luego el agua me tapó la cabeza. Miraba al mismo tiempo hacía el fondo donde uno de los tiburones tiraba con fuerza de mi pie entre sus mandíbulas y me arrastraba a un fondo oscuro. Por otra parte, miraba hacia arriba y podía ver los rostros distorsionados de las personas en la embarcación intento ver hacía donde me hundía, estresados y confundidos. El tiburón seguía arrastrándome y no había nada que yo pudiera hacer para escapar. No importaba que tan fuerte intentara nadar hacia la superficie. El animal era mucho más fuerte que yo. Miré una última vez el barco que ahora estaba muy lejos de mí y la oscuridad del agua de mar tan profunda, donde la luz ya no llega, me cubrió por completo. Fue entonces cuando desperté sobresaltado y con el corazón acelerado.

martes, 22 de marzo de 2011

El corazón en la estufa

Dentro de las múltiples categorías en las cuales puede encajar este espacio, en la cual va algo lento por cierto, es en la de ser un espacio para mis delirios gastronómicos. Un lugar de reflexión abierta donde expongo las cosas que me gustan del delicioso arte (y a estas fechas y situaciones, privilegio) del buen comer y el buen beber. Porque habrá quien de manera ranchera diga que "para morir, nacimos", pero el tiempo entre dichos eventos lo pasamos más bien comiendo. Por habrá personas que digan que no aman, pero todos comemos algo.

Yo veo en el cocinar para alguien una muestra de mi afecto. Pienso que podría escribir miles de palabras intentando describir mis complejos sentimientos o apreciaciones por alguien, pero me gusta más poner unos minutos de mi vida en un plato y al servirlo, viendo los rostros (casi siempre) gustosos sentir que he dedicado un pedacito de mi existencia a hacerlos sentir bien. Que pudiendo ordenar pizza o comida china decidí consentirles. Porque les quiero. Además que coincido con un artículo que leí hace poco donde se dice que muy dentro del corazón de cualquier cocinero hay un showman queriendo salir a la superficie. Los que me conocen estarán totalmente de acuerdo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Soledad

Hace tanto tiempo que no le veo, que la claridad de su rostro empieza a desaparecer de mis recuerdos. Nunca pensé que llegaría el día en que no mencionara su nombre al menos una vez en voz alta o en mi pensamiento. No creí que podría ver una fotografía de nuestros tiempos felices sin sentir el nudo en la garganta y las ganas de llorar reprimidas intentando a toda costa no sentir el efecto de su partida o su presencia impregnada en las paredes vacías de cada habitación de esta casa en la playa. Y ahora, cuando mi frente está tocando el cristal tibio de la ventana donde solíamos ver los atardeceres y nos dedicábamos sonrisas con caricias delicadas de afecto, no hay sentimientos de ningún tipo. No existe nada en el corazón pues todo sentimiento fue arrastrado por el caudaloso cauce de mis lágrimas sin final, que sólo desaparecían al ser evaporadas por la nostalgia y el calor de mi piel solitaria.

En el vaho que exhalo en el cristal, dibujo con mis dedos la figura de una ballena saltando la luna y las estrellas. Solíamos charlar por horas de cualquier cosa. Me maravillaban sus elocuentes historias acerca de seres maravillosos de los cuales escribiría. En sus manos parlanchinas, los mundos que imaginaba cobraban vida para mí, y las vívidas descripciones se imprimían en mi mente como fotografías. Ahora ya no las recuerdo bien. Ya casi no recuerdo nada, todos estos años sin sentir mermaron mi memoria, no quiero ya saber que vendrá. No quiero imaginar que será de mí a mi edad. Ahora me conformo con el día a día y trato de encontrar algo de sentido a los retazos de existencia que me queda pintando mis emociones. Quisiera ser como la ballena que escapa al cielo y descansar de una vez ya. Noventa años son muchos y se sienten más cuando lo único que hay en tu vida es silencio.

miércoles, 16 de marzo de 2011

De Rusia con amor

El alboroto y el sonido de las risas de júbilo llenaban el ambiente del lugar aquella mañana con brisa fresca pero con el solecito que sabe como quemar la piel si se queda uno mucho tiempo bajo su luz. Los niños y los padres caminaban de un lado a otro por los pasillos rodeados de multicolores atracciones. El hombre que vendía los globos caminaba lenta y pesadamente, abriéndose paso entre la multitud, ofreciendo su mercancía al tiempo que soplaba por un silbato de bronce muy brillante, el cual mantenía así limpiándolo con un paño que pendía de su cintura. En la explanada central, donde estaban las áreas de descanso y los lugares, estratégicamente colocados, para comer, las bancas se encontraban repletas de señores y señoras pidiendo un poco de descanso a los pequeñines, que suplicaban no parar ni un segundo la diversión que el lugar ofrecía. A medida que el sol subía, los colores parecían tomar nuevos bríos y se tornaban aun más brillantes.

Entre las personas sentadas en aquellas bancas se encontraba Alexei Ryazanov, el color rubio de su cabello, la piel de un blanco lechoso y los ojos de color azul celeste le delataban como extranjero. Sin embargo, entre el ir y venir de los niños, los gritos de llamado de los padres, el ruido de las bolsas de frituras abriéndose y la música de fondo, nadie parecía notar que estuviera ahí sentado. Con un sándwich en la mano derecha, todavía envuelto en la cubierta de plástico sellada con una vistosa etiqueta con el rostro de la mascota favorita del parque de diversiones en el que se encontraba. En la otra mano, sostenía el jugo de naranja que probó y no le había gustado. Sereno, resguardándose de los rayos del sol bajo la sombra de un árbol, observaba todo cuanto pasaba delante de él. Miraba a la señora obesa que paseaba con los dos perritos chihuahuas, al señor calvo que traía la etiqueta de su camiseta polo de fuera y como su esposa le perseguía tratando de acomodarla, a los jóvenes que parecían recién casados pero tenían tres hijos y la esposa estaba de nuevo en cinta. Los ojos de Alexei miraban todo. Sus manos no soltaban ni la botella ni el sándwich. Aspiró profundamente y el olor de los pinos y los sauces le llenaron los pulmones. Se sintió tranquilo, dio un trago al jugo de naranja y el amargo sabor le recordó porque no lo quería tomar. Pensó que le hacía falta unas cuantas onzas de vodka para poder hacerlo pasable y aun así, preferiría tomar el vodka solo para no tener que arruinarlo con el mal sabor del jugo amargo.

Llevaba el ruso apenas unos días de haber llegado a la ciudad. Sentado en esa banca empezaba ya a arrepentirse de la decisión de visitar el parque. Pensó que encontraría algo más típico, un despliegue de las tradiciones, de los usos y las costumbres del país. Pero desilusionado solo miraba lo mismo que en todos los parques que toda su vida había visitado. La mercadotecnia que intentaba arrancar el dinero del bolsillo de los padres vendiendo fantasías a sus hijos. Se decía que ese es el lado oscuro del capitalismo, y luego se perdió el hilo de su pensamiento en historias de revolución rusa y héroes vestidos de gris en los campos cubiertos de nieve de su lejana tundra. Cerró los ojos y pensó en lo que dejó allá. Extrañaba más que nada a la gente, pero no sólo a su familia. Extrañaba sentirse parte de algo, saberse componente útil de un sistema que mueve las cosas. Aquí y ahora, no era nadie, no era nada. No había ojos que le dedicaran las miradas de admiración que recibía cuando entraba en los gimnasios, en las salas de entrenamiento. No, estos niños no conocían su rostro y no deseaban ser como él. Si tan sólo supieran de sus victorias. La mano con la botella se elevó de nuevo, y dio un trago más grande. Lo pasó esta vez sin quejarse. Puso la botella a su lado y abrió el sándwich. Las tres palomas que buscaban comida se le acercaron en busca de algo y Alexei les recompensó con unos pedazos de pan. Dio otra mordida al bocadillo y luego otra más. En realidad lo estaba disfrutando. Mientras miraba a las palomas, sus ojos volvieron a divagar. Esta vez vieron algo que llamó su atención: Una joven veinteañera sentada leyendo a dos bancas. Parecía estar cuidando los bolsos de alguien más, por lo que una mano reposaba en las pertenencias y otra sostenía el libro. Al levantar la mano para dar vuelta a la hoja, la mirada de ella se cruzo con la de él. Retiró la mirada rápidamente y al voltear de nuevo al libro una sonrisa se dibujo en su boca. El ruso se limpió los labios con una servilleta y se paró de la banca. Preparó su mejor sonrisa y se dirigió hacia ella. No todo sería un amargo jugo de naranja este día.

lunes, 14 de marzo de 2011

En una ola

Hay días, cuando viajo por la costa que le veo. Siempre en constante movimiento pero tan inmenso que parece no moverse nunca. A mí no me gusta meterme a nadar al mar. No soy un buen nadador, no lo he sido y parece ser que no lo seré. En los pocos días de sol al año que tenemos en estas tierras, cuando vamos a la playa, soy de los últimos en meterse y el primero en salir. Me gusta la tierra, tener los pies bien firmes en algo y saber con total certeza que es aquello que piso. Prefiero las piscinas, son menos traicioneras y el agua, aunque con cloro, me permite más o menos ver mucho más allá de lo que puedo hacerlo en mar abierto. Además tiene límites bien definidos y puedo ponerme las aletas, el visor y el snorquel y con los ojos cerrados avanzar lentamente, como si volara, amortiguando los sonidos externos a mí bajo el fluido ambiente y sin miedo de perderme en las profundidades. Sé que mi cabeza o mis manos tocarán, tarde o temprano, una pared pintada de azul celeste o de azulejos esmaltados de colores brillantes.

Con el mar es diferente. No tiene límites, no conozco a nadie que haya pisado lo más hondo del mar. Sé muy bien que hay instrumentos que nos permiten hacer mediciones precisas de todo esto, pero estoy seguro que hay lugares a donde no hemos ido, donde no hemos explorado, donde no hemos pisado. Nadie puede asegurar, hoy, que llegamos al más profundo límite. Y además es tan oscuro en el fondo. Es como si una gran bestia te tragara vivo y no te dieras cuenta que lo que tomas como un paseo es todo un proceso digestivo. El mar me impone, es impetuoso e impredecible. El respeto que nace dentro de mi me obliga a clavar mis pies en la tierra. Soy tan pequeño a su lado, soy nada.

Veo en las noticias de este fin de semana la tragedia al otro lado del mundo. Me horroriza pensarme en esa situación, es como si una de las peores pesadillas mías se materializara de pronto. Somos tan pequeños, somos tan efímeros. Veo en las imágenes de la televisión a la gente desaparecer bajo las olas del mar y me nace un nudo en la garganta. Tantas vidas se apagaron ahogadas en las saladas burbujas azules que es imposible no revalorar la existencia. ¿De qué sirve la casa, el auto, los ahorros de toda una vida cuando uno ya no está? Cuando a quienes amabas han muerto.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Bajo la ciudad

El repugnante olor era cada vez más insoportable ahí abajo, la penumbra que inundaba el lugar ocultaba a la simple vista lo que lo provocaba y eso solamente lo hacía peor al no saber con certeza que es lo que pisaba a cada paso que daba. En un momento, cuando se permitió bajar su nivel de alerta, su pie pisó algo que le hizo tambalearse. El ladrón apretó junto a su pecho con el brazo izquierda su preciada posesión mientras con la derecha, a tientas, trataba de apoyarse en la pared del túnel para no perder el equilibrio y caer a las nefastas aguas que inundaban el suelo del alcantarillado. A pesar de sus intentos no tuvo nada lo suficientemente cerca para afianzarse, fue sólo el reflejo de poner un pie más atrás el que le libró de la desagradable experiencia de empaparse en los líquidos oscuros y espesos de olor nauseabundo.

Estuvo inmóvil unos instantes, casi evitando respirar, con cuidado, fue recuperando la postura y se decidió a avanzar dejando tras de sí la luz que se colaba por la alcantarilla mal tapada de la calle en la superficie. Los rayos naranjas del mercurial podían ser pasados por la cálida luz divina del sol que irrumpía la azulosa oscuridad de las cloacas citadinas, desvaneciéndose antes de tocar el suelo, muriendo en la más pura manera, sin manchar su esencia con el sucio roce del suelo yaciente bajo sus vestiduras luminosas. Mismas que ocasionaban la huída del ladronzuelo de poca monta, que en esta noche la vida y el destino le habían puesto en el lugar adecuado en el momento preciso, y pudo hacerse del gran botín encerrado en un pañuelo viejo que su brazo intentaba incrustar en su pecho para no perderle. La oscuridad, que sus ojos intentaban desentrañar, sólo era el gran telón que le separaba del brillante futuro lleno de placeres mundanos que su mente imaginaba, todo lo que le había sido negado en la vida sería suyo finalmente. Sus oscuros deseos tanto como sus ingenuas aspiraciones danzaban ante sus ojos, y eran tan fuertes que ni el olor o la oscuridad le hacían retroceder un solo milímetro. Paso a paso, despacio para no caer, se internaba en el túnel, relajándose cada vez más a medida que el hedor y la oscuridad le envolvían. Tuvo entonces el valor de voltear la cabeza para cerciorarse que nadie le seguía. La alcantarilla quedaba ya demasiado lejos y la luz filtrada no era más ya que una estrella solitaria, distante en el cielo nocturno de los confines delimitados por los ladrillos viejos con musgo de aquel lugar.

Pensaba en salir por otra alcantarilla unas cuantas calles al sur. El rudimentario plan que hacía a medida que caminaba le parecía perfecto. Saldría por el lado sur de la ciudad, cerca del muelle, una vez ahí, podría enjuagarse en el agua de mar toda la porquería que se le iba pegando en las cloacas. Caminaría por los callejones menos peligrosos hasta llegar a su casucha, hacia el este. Ahí separaría el botín en partes pequeñas para irlas acomodando sólo en las casa de empeño donde sabía no le pedirían ningún tipo de referencia o comprobantes de propiedad. Las cosas más caras las vendería en el mercado negro. Todo sería cuestión de un par de semanas, cinco en el peor de los casos, pensaba que sería mejor guardar las apariencias y no hacer despliegue de su nueva fortuna adoptando los excéntricos gustos de los nuevos ricos. No, él era más inteligente que ellos. Seguiría vistiéndose modestamente durante este tiempo, tal vez unos meses más en lo que las aguas se calman, después desaparecería de la ciudad para no volver jamás. Iría a las costas del este, donde siempre quiso vivir, pero que sólo conocía cuando miraba televisión en la cafetería o cuando hojeaba alguna revista tirada en la calle. Se decía a si mismo que eran las ciudades donde la gente sí sabe vivir bien, que era lo menos que él merecía después de toda una vida llena de miseria y hambre.

Ahora sus dos brazos sujetaban el paquete, por nada del mundo pensaba soltar lo que representaba la vida que siempre deseó, de la cual nunca se vio tan cerca como hasta ahora. Su felicidad no hacía más que aumentar al sentir dentro de sí que la salida de aquellos túneles se encontraba más cercana. Sus ojos se acostumbraban ya a la penumbra pero no podía distinguir con claridad formas precisas, escudriñaban el ambiente buscando una ínfima señal de luz como indicación de alguna alcantarilla, su gran telón. Pero no había nada que ver. Nada que denotará la presencia de la deseada salida al exterior, al aire limpio y fresco que suele haber en las ciudades costeras. Se convenció que sólo necesitaba unos instantes más y que pronto le vería iluminando el camino. Después de todo ya llevaba varios minutos caminando. Sin embargo, los instantes se convirtieron en minutos que se sentían como horas, era difícil decirlo, no tenía ninguna referencia que le indicara el tiempo que había pasado exactamente bajo tierra. Aunque estaba rodeado de agua, la sed secaba su garganta. La respiración se le hacía difícil, el pesado aire le provocaba nauseas en cada aspiración. Los pies estaban empapados, el cuero de sus zapatos empezaba ya a tallar de manera incomoda sus tobillos. Únicamente escuchaba el agua que movía al recorrer el túnel cuando sus pies se ponían uno delante de otro, se hacía más evidente el esfuerzo que necesitaría para poder salir de ahí. Sus pensamientos divagaban ahora de un lugar a otro, de su futuro a su realidad sombría. Fue entonces cuando escuchó el sonido de metal, parecía lejano y parecía de la calle, pero si lo pudo escuchar significaba que tendría que esforzarse sólo un poco más y llegaría. La emoción le hizo acelerar el paso lento, precavido, a un ligero trote. Si el lugar hubiera estado iluminado se habría dado cuenta que se encontraba frente a una bifurcación. Y que tomó la ruta del drenaje profundo.

No escuchaba más el sonido pero mantuvo el trote, aceleró un poco, sintiéndose confiado en que la salida estaba más adelante. Habrían pasado unos segundos cuando uno de sus pies se hundió de manera repentina en el suelo, en una especie de registro de agua destapado, esto ocasionó una estrepitosa caída que terminó en el gran remojón que tanto había temido. El reflejo natural fue tratar de levantar la cabeza y detenerse con un a mano para no soltar el paquete, pero fue inútil, con el ambiente tan oscuro no podía medir distancias de ninguna manera y termino de bruces en el agua soltando el adorado bulto. Se puso a gatas, y asustado tanteo el piso buscando el envoltorio que se había escapado, y la tristeza gris e inevitable le invadió cuando pudo sólo sentir el pañuelo que envolvía las piezas de joyería fina que había robado. Siguió tocando el suelo, y el asco provocado por los desconocidos desechos no le detenían, pudo recuperar algo que bien podía ser o un anillo o una arracada. No estaba tan seguro, pero lo deslizó en uno de sus dedos para no perderle. Sus sueños se fueron, literalmente, por una coladera. Derrotado, se puso de pie. No quedaba más ya que intentar salir de ese lugar, con casi nada en las manos. Empapado y sucio, se sacudió un poco de mala gana los excesos de agua en sus ropas. Se dispuso a andar en medio de la oscuridad cuando su cabeza y luego su cuerpo chocaron contra algo muy firme que le impedía el paso. Extendió sus manos para reconocer que era aquello y su corazón se heló cuando sintió entre sus dedos el resoplido violento de algo que se sentía como un rostro.

Los días pasaron, y la policía dio por cerrado el caso, pues no se había encontrado ni al ladronzuelo ni el botín. Ninguno de los posibles compradores tenía nada parecido a lo que el reporte de robo describía y no hubo ninguna persona que reclamara la desaparición del delincuente. Mientras esto sucedía en el centro de la ciudad, en otra parte, en un desagüe que desembocaba en el río, arrastrado por la corriente tranquila del drenaje que brotaba de la oscuridad, un pedazo de dedo cercenado con un anillo de diamantes ensangrentado flotaba hacia la luz del día.

 

lunes, 7 de marzo de 2011

Cosas de Familia

Habiendo quedado de lado el enorme escritorio azul, el que estaba junto al ventanal francés que da justo a la parte trasera del jardín principal, el tapete persa con sus flores y diseños rebuscados adornado por flecos marrones , naranjas y grises, que servía de protección para evitar las ralladuras de las patas pesadas en la madera del piso, fue poco obstáculo, y para los nerviosos ojos que se encontraban una y otra vez a lo largo de toda esta peligrosa operación fue la señal que anunciaba estaban muy cerca de obtener el tesoro. Lizbeth, siendo la más robusta de las dos, tiró firmemente de una esquina del tapete, apretujándolo con sus manos lo sintió más pesado de lo que había imaginado. Karina la observaba arrodillada enfrente, su rostro denotaba la energía y la gracia de los veinte años que tenía, con ojos vivarachos, observaba el tapete y a Lizbeth de manera alterna, sus gestos le daban un aspecto de menor edad.

Con un fuerte resoplido, y medio grito ahogado, Lizbeth dio el último tirón, se escucho el sonido de alguna tela desgarrándose y el tapete cedió finalmente, dejando ver los pequeños clavos con los cuales estaba sujeto al suelo, motivo de aquel esfuerzo adicional por parte de la chica regordeta. Karina inclinó el cuerpo frágil hacia adelante, agachando la cabeza un poco para ver con mayor claridad lo que el tapete ocultaba. Lizbeth se incorporó para tomar la misma postura de Karina. Movieron ambas lo que quedaba el tapete descubriendo, para su desconcierto, una pequeña puerta del tamaño de una caja de galletas. La puerta tenía una inscripción muy pequeña en una de las esquinas, una inspección minuciosa reveló que era el nombre del fabricante solamente. Justo al centro, adornada con motivos florales tallados en metal, algo opaco, una pequeña manivela, a manera de chapa, dominaba la poco ocupada superficie de la puertecilla.

Sus miradas volvieron a coincidir y en sus rostros los labios dibujaban ya enormes sonrisas. No emitían sonido alguno y finas gotas de sudor aparecieron en Lizbeth, culpa del esfuerzo y el peso adicional de su cuerpo. Después de observar aquella chapita durante unos segundos que se les antojaron eternos decidieron abrirla, un acuerdo silencioso entre ellas dio a Lizbeth, la más arrojada, este privilegio. Finalmente lo que importaba era el valioso botín que la puerta resguardaba en aquella disimulada caja fuerte.

La mano rolliza giró lentamente la cerradura. Fue una agradable sorpresa el no encontrarla cerrada con seguro. Esto debió ser la primer señal que las cosas estaban siendo demasiado fáciles, pero la euforia del momento ocultó este detalle. Jaló la puerta hasta dejarla totalmente abierta, dentro, lo único que había era una bolsa de cuero negra, la cual se miraba vieja por tantas cuarteaduras en su superficie. Karina no perdió tiempo y sus manecitas la tomaron rápidamente. La abrió y su sonrisa en el rostro desapareció. Lizbeth la miró extrañada y sólo reaccionó cuando Karina le extendió la mano para pasarle la pequeña tarjeta de color marfil que decía:

"Gracias por matar al Tío Alberto y sin darse cuenta, decirme donde estaban las joyas. Hasta nunca. Leopoldo."

viernes, 4 de marzo de 2011

Encarcelado

Acabo de ver el documental "Presunto culpable" en el cine y la encontré atemorizante. No es una película de horror y me hizo sentir temor. Expone de manera muy simple el caso de un tal Toño, una persona acusada injustificadamente por un asesinato que él no cometió, él es el presunto culpable. Es una persona inocente metida en lo más profundo de la cárcel, condenado a pasar un poco más de veinte años de encierro sin motivo real alguno. De no ser porque las coincidencias de la vida y un gran golpe de suerte le pusieron en el mismo camino de una pareja de abogados que hacían su doctorado, su historia hubiera sido más bien de encierro y olvido. Ellos, junto a un abogado penalista, descubren una serie de irregularidades que les consiguen anular el primer juicio y abrir uno nuevo y "fresco", las comillas son porque es el mismo juez el que se encarga del caso nuevamente.

Por fortuna para el joven, el caso termina a su favor después de un dramático desenvolvimiento. El mérito que tiene el documental es mostrarnos como todos estamos expuestos a los atropellos por parte del sistema de justicia. Esa es la verdadera historia de horror: El expediente de nuestro caso sepultado bajo miles de expedientes más, recibiendo la atención únicamente del polvo que cae y que una corriente de aire mueve de cuando en cuando.

Me he preguntado en un par de ocasiones que sería de mí si fuera yo a dar en la cárcel por algo, pero prefiero evadir ese tipo de cuestionamientos internos. No encuentro fructífero angustiarse por cosas que no son. Y espero fervientemente, que no sean jamás.

sábado, 26 de febrero de 2011

Lloviendo

¿Qué hay con el agua que cae del cielo en forma de lluvia que nos afecta tanto? ¿Son los inconvenientes que ocasiona? ¿El tráfico? ¿Las incomodidades que implica el mojarse cuando no está planeado? ¿El caer en el bache de la calle oculto por los charcos y esa sensación de furia e impotencia al no poder hacer nada para evitar caer en el siguiente? ¿Todas las anteriores? De cualquier forma y cualquiera que sea la respuesta, la lluvia trae lo bueno y lo malo a nuestras vidas. Trae consigo cambio. Renovación. Decimos que después de la tempestad viene la calma para referirnos a esos periodos de paz y reconciliación que vienen detrás de los grandes conflictos.

De importancia vital para nosotros, pues es la húmeda gota del cielo la que da de beber a los sembradíos que sedientos aguardan por ella y nos regalan con los frutos que nos alimentan. Nuestros antepasados aztecas construyeron templos dedicados a Tlaloc, el Dios del agua. Incluso nuevas investigaciones apuntan a que la pirámide del sol en Teotihuacan en realidad está construida en honor a Tlaloc, es decir, al agua como dadora de vida.

A mi la lluvia me gusta, me gusta estar así como ahora que estoy hecho un ovillo mientras escribo, cálidamente envuelto en una ligera frazada, escuchando el relajante ruido blanco que provocan las gotas al estrellarse con el suelo, solo para iniciar su cíclico andar en la preparación de lo que será su ascenso próximo a formar las nubes del cielo.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cacería

Las huellas en la nieve repentinamente desaparecieron. Los cazadores 
desconcertados, con los rifles en mano, buscaban por todas partes 
inútilmente. No había señales que aquel animal desconocido se encontrara 
por ninguna parte cercana, era como si se hubiera esfumado; no le miraban 
por tierra, ni por aire, no había árboles cercanos ni rocas donde pudiera 
esconderse en un intento de perderlos. Sólo estaban ellos seis, el rastro 
de huellas cortado y el inmenso paraje abierto cubierto de nieve en los 
bosques de Canadá. 
Después de estar unos momentos sumidos en la confusión y el desconcierto. 
Bajaron sus armas y mientras unos las acomodaban bajos sus brazos y otros 
se acomodaban los anteojos protectores, realmente necesarios debido a lo 
intenso del brillo de la nieve, uno se alejo un poco del grupo; inclinó la 
cabeza, como queriendo no perder el débil rastro que apenas percibía. Se 
descubrió una oreja y ladeo todo el cuerpo, reclinándose en dirección de 
aquel llano blanquecino.
– Shhhh – Dijo – Bajen la voz, ¿Alcanzan a oír eso? 
Los otros cinco dejaron de ajustar sus accesorios para voltear hacia donde 
estaba el cazador, que ahora ya estaba hincado en una pierna en la nieve, 
preparando cuidadosamente su rifle. Guiados por la costumbre y el instinto 
los otros, sin percibir aun nada extraño, le imitaron y rápidamente ya 
estaban los seis en posición de ataque tirados en la nieve.
Fue cuando escucharon el bramido. El primero les tomó por sorpresa pues 
esperaban algo parecido a un murmullo. Sin embargo, un estrepitoso y 
grave resoplido le hizo vibrar el cuerpo entero. Pudieron sentirlo en sus 
pechos, como una potente bocina en un concierto de Rock pesado. Llevaban 
ya un par de horas persiguiendo el rastro de aquella criatura, y aunque al 
principio pensaban que se trataba de algún zorro o lobo, las huellas 
fueron modificándose y a la vez que se hacía más claras, también parecían 
deformarse hasta parecer solamente un trío de círculos bien definidos 
cada uno del tamaño de un plato de ensalada. Nada que en toda su vida y 
experimentada carrera de cazadores hubieran visto, ni uno sólo de ellos. 
El ruido del animal también les era desconocido, era como el rugido de un 
león y el grito de un ave. No podían imaginar el aspecto de la bestia que 
provocaba tal ruido y empezaban a sentir, dentro de sí, temor por lo 
desconocido y excitación por encontrar algo nuevo.
Los bramidos del animal cesaron. El silencio tomo el lugar entero y no se 
escuchaba absolutamente nada. Sin voltear a verse, los cazadores fueron 
levantándose lentamente del suelo, esperando ver algo al elevar el nivel 
de sus ojos, pero nada, no había nada ahí enfrente. Seguía la alfombra de 
nieve blanca cubriéndolo todo. Después de un par de minutos de permanecer 
quietos, a la expectativa. Decidió uno levantarse, inmediatamente le 
siguió un segundo y cuando cuatro estuvieron de pie, sucedió el primer 
encuentro. La nieve alrededor de ellos empezó a vibrar, como granos de 
arena en el cuero de un tambor, y a medida que vibraba se aglomeraba de 
manera amorfa. Más y más copos de nieve se aceleraban y llegaban a la 
peculiar reunión, esquivando a los cazadores y envolviéndolos en ocasiones 
como si de una tormenta de arena se tratase, pero con voluntad propia; 
todo mundo estaba quieto, volteando rápidamente de un lado a otro, 
mientras tanto la formación empezaba a tomar una figura cada vez más 
definida. Una crisálida en forma de haba gigante, con tentáculos 
envolviéndola se formó. Del color de la nieve que la formó, era como si 
hubieran hecho un gran y deforme hombre de nieve. No había sonidos 
saliendo de ella. Estaba ahí, simplemente formada, sin moverse, estática. 
Los cazadores vieron el sol de mediodía en el horizonte, y se sintieron 
aliviados porque la noche estaba muy lejana. Miraban incrédulos el capullo 
recién formado y se acercan para inspeccionarlo. Uno incluso se atrevió a 
tocarlo, y para su sorpresa lo encontró duro como hielo. Discutieron un 
momento sobre las posibilidades de lo que había ocurrido, pero no llegaban 
a ninguna conclusión satisfactoria, pensaban en las causas naturales que 
podría haber favorecido esta formación escarchada que se encontraba en 
medio de ellos. Nunca supieron cuando reinició la actividad, vieron el 
resplandor verde y naranja dentro de la crisálida escarchada y como esta 
comenzó a derretirse casi tan rápido como se formó. Y cuando la superficie 
se hizo delgada, vieron a través del hielo translucido tres ojos 
reptiloides que parpadearon rápidamente, y debajo de estos ojos, unas 
grandes fauces, que se entreabrieron para decir en perfecto inglés lo 
último que los cazadores escucharon: Comida.


miércoles, 16 de febrero de 2011

En el Estanque

 

Esa noche en particular el cielo estaba despejado, algo raro pues era temporada de lluvias y el aire soplaba ligero y húmedo, suficientemente fresco como para requerir portar una chaqueta como protección. A los grillos parecía no importarles tanto el clima, y animosamente entonaban sus llamados. Las hojas de los lirios cerca del estanque se frotaban entre si al inclinarse de un lado a otro, sus movimientos provocados por el aire dibujaban patrones que figuraban a un gigante caminando entre ellos, de anchos pies, que se abrían paso al avanzar. Entre este peculiar ensamble musical nocturno sobresalían los murmullos de los tres chicos sentados en un tronco cerca del agua, ubicado en un claro pequeño que hacía las veces de muelle para las improvisadas balsas de troncos en las que solían jugar imaginando que eran corsarios o bucaneros que gallardamente atravesaban el océano en busca de fortuna y aventuras en apartadas tierras exóticas.

Uno a un lado del otro, las tres pequeñas siluetas hablaban muy bajo, de manera pausada, casi sin voltearse a ver. Las voces eran difícilmente entendibles si no se estaba cerca. Uno de ellos frotó la piedra que sostenía en una de sus manos y de un movimiento ágil la lanzó al agua. – ¡Plop! – Hizo la piedra al hundirse sin rebotar en la superficie una sola vez.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? – Preguntó el más pequeño – Y su voz parecía cortada, reprimiendo el sentimiento y las ganas de llorar.

– No sé… Tengo que pensar ­– Respondió el que acababa de lanzar la piedra y que estaba sentado al otro extremo del tronco.

Los tres se quedaron callados. El más pequeño no pudo más contenerse y empezó a llorar muy quedito.

– Sea, lo que sea que vayamos a hacer o decir – Dijo el tercer niño– lo único seguro es que estamos metidos en problemas.

Y al terminar de decir esto volteó al cielo y vio las estrellas como nunca las había visto, lamentó no haber apreciado aquello durante el corto tiempo que tenía de vida e imaginó, sólo por un breve instante, que salía volando hacía ellas para perderse en su inmensidad y su luz. Luego se agacho callado. El silencio volvió a reinar sobre los tres pequeños sentados en el tronco y la luz de la luna reflejándose en el estanque iluminó sus rostros angustiados, sus manos con las espadas de madera y en el suelo, a un costado del tronco, un oscuro charco de sangre y una mano infantil que yacía sin vida.

martes, 15 de febrero de 2011

Y bueno...

Parece que después de varios meses me doy el tiempo para agregar entradas nuevas a este proyectito personal. Entre el desarrollo de aplicaciones, la fotografía, los otros proyectos personales, las saliditas por aqu y por allá, me he tardado en actualizar este Blog que empecé (como muchas otras cosas) con tanta energía y se fué quedando más dilatado que de costumbre.

Lo que haré será decir muchas veces, pero muchas, que lo que he hecho es vivir mucho estos meses para crear contenido. Después de todo, la vida es eso: Ciclos.

martes, 16 de marzo de 2010

Daybreakers

 

daybreakers-poster

 

¿Cuántas películas en México se llaman la hermandad? ¿A cuantas películas en México cuyo titulo original NO es La Hermandad, le han puesto así? ¿La Hermandad? ¿Qué sugiere este nombre? A mi, en lo personal, me evoca imágenes sobre un grupo de personas que de manera secreta se reúnen en una cofradía con un fin en particular, se unen en una misma búsqueda y tienen al menos un  fin común. La persona que le puso nombre a esta cinta es un inepto que está sentado viendo películas y las titula a como se le da la gana. Si bien, en defensa de este pequeño sujeto, hemos de decir que el nombre original en inglés, Daybreakers, no es el más apropiado tampoco, y hace alusión seguramente a la transformación que sufren los personajes con la maravillosa (y tan cancerigena, provocadora de melanomas) luz de sol.

En un mundo en la actualidad lleno de vampiros, y ojo aquí que me refiero a la vida real (Twilight, el asistente del vampiro, los diarios de los vampiros, Bram Stocker’s Drácula, True Blood, etc.), uno ya no espera mucho de este tipo de cintas. ¿Qué puede ofrecer una cinta sobre vampiros que no haya sido expuesto ya de alguna manera? Buscando la excepción de la regla, los escritores y directores de este filme, abrazaron la idea de un mundo donde los vampiros son lo común, lo de todos los días; los humanos pasan a formar parte del gran rebaño, cada vez más y más pequeño, de proveedores de sangre.

En un mundo donde nadie le teme a los vampiros, ya que casi la mayoría lo son, se tiene que buscar algo a lo que estos le tengan miedo. El sol, las estacas y esas cosas (algunas absurdas, pero clásicas, como el que no se vean reflejados en los espejos) son asuntos ya pensado y controlados. Tienen adaptaciones para poder vivir (¿Es apropiado decir vivir a un muerto viviente? ¿Cuál será el término correcto?) en una realidad futura cercana. Así que los hermanos Spiering pensaron en la degradación del vampiro.

Cuando la necesidad primordial es el abastecimiento de sangre ¿Qué hacen los vampiros cuanto esta comodidad escasea? La respuesta es fácil: Lo mismo que hacemos los seres humanos. Y de la misma manera, de forma muy alegórica, esa necesidad saca lo peor de cada quien. Son los vampiros contra los humanos. Son los vampiros ricos contra los vampiros pobres. Son los vampiros con hambre transformados contra la esencia fundamental de los vampiros. Ya que cuando hay hambre a estos les importa poco aquello de que “perro no come perro”. Y cuando un sustituto de sangre es lo que se percibe como la luz al fondo del túnel, de la desesperación, como el fin de los conflictos y un mundo feliz donde cada vampiro tendrá su dotación diaria de sangre (nota curiosa: ¿Sabían que la sangre la pueden mezclar con café? ¿Y que a los vampiros les encanta? Yo tampoco), salen los empresarios aprovechados y mezquinos, de una ambición tan grande que sólo la supera su sed de sangre a asegurar que ellos tendrán el control de todo y de todos. Igual que los chupasangre de la vida real.

La cinta tiene buen concepto. Me gusta el planteamiento poco romántico de un mundo de vampiros. De manera satisfactoria muestra lo sangrienta que sería una sociedad en esas condiciones y no escatima en sangre y en secreciones de compuestos repulsivos para hacer el deleite de los seguidores del cine gore. Sin embargo, en ocasiones me cambió el ritmo y me pareció que le falto fuerza. Las actuaciones son buenas y Ethan Hawke regresa haciendo un papel parecido al que hizo en Gattaca. Willem Dafoe no necesita nada para verse extraño así que andaba como pez en el agua. Para mi gusto, le falto más vampiros. Le falto algo de acción interpersonal (demasiadas persecuciones en auto) y explorar más el mundo de los vampiros transformados. Lo mejor salió en el trailer. Deberían de sancionar a este tipo de productores, uno piensa que verá mejores cosas pero no. No es así.

Yo le doy 3 estrellas de 5

lunes, 15 de marzo de 2010

Fresas, Fresas, Fresas

 

Temporada de Fresas

 

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